Taller presentado en la Conferencia IFS en Providence, Rhode Island
Domingo 16 de noviembre de 2014
por Barbara Rogers
Traducido por Adriana Aristizábal
La primera parte trata sobre mi relación con Alice Miller, mi jornada terapéutica y el momento en que su hijo Martin me contactó cuatro años después de la ruptura de mi relación con Alice en 2008.
Este relato describe la historia de una amistad con un final desgarrador que me dejó una lección impactante, sumamente personal y dolorosamente reveladora sobre el trauma originado por la guerra y el genocidio. Alice Miller y yo llegamos a ser amigas contra todos los pronósticos: ella era sobreviviente del Holocausto y yo una alemana hija de padres que vivieron durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, es posible que nuestra amistad se haya generado como consecuencia de que ambas sentíamos el impulso de encontrar respuestas a la inquietante pregunta: ¿cómo fue que llegaron a ocurrir los crímenes atroces de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto? Alice Miller tenía 16 años cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial; bajo el terror nazi, tuvo que ocultar una identidad judía a la cual no sentía que pertenecía en verdad. Al sobrevivir, Alice sentía un deseo profundo de descubrir las razones del Holocausto, una de las cuales pudo identificar en los métodos alemanes de crianza violentos, autoritarios e inhumanos. En su segundo libro “Por tu propio bien”, desenmascaró estos métodos y también dedicó un capítulo a la infancia de Hitler. Por primera vez leí algo sobre los horrores nazis que me conmovió hasta la médula.
Desde antes de leer los libros de Alice Miller, había criado a mis hijos de forma diferente a como había sido criada: sin violencia física, esforzándome por tratarlos con respeto y sinceridad. Al leer “Por tu propio bien”, la brillante revelación de Alice sobre la “pedagogía negra” y su perspicaz y valiente relato sobre los efectos de la crueldad en la crianza, me sentí no solo validada y apoyada por mi método de crianza sino también me hice consciente de algo que siempre había sabido en lo más profundo de mi ser. Hoy, yo llamaría a ese conocimiento interno una de mis partes: sus ideas conmovieron a una de mis partes: una parte indignada que les gritaba a mis padres un NO rotundo, un NO a su maltrato y un NO a cómo habían llevado sus vidas después del Holocausto y la guerra. Este NO ha guiado mi vida de maneras sorprendentes e inesperadas, años antes de que lo encontrara un día en una sesión de terapia.
A través de sus libros, Alice transmite el mensaje de que el sufrimiento en la infancia afecta nuestra salud mental, emocional y física, y nos perjudica a nosotros y a nuestras vidas. Ella ha inspirado a innumerables padres a criar a sus hijos sin violencia. Yo compartía su pasión por informar al público sobre las causas y los efectos del abuso y la negligencia infantil, así que la apoyé y colaboré con ella, así como con su sitio web. La admiraba por su activismo en defensa de los derechos y la humanidad de los niños. Hoy en día, el castigo físico infantil está prohibido en 39 países del mundo; Alice contribuyó con este avance.
Todo eso también me hizo creer que hacer terapia era una forma de salir de la prisión del dolor de la infancia y una herramienta para lograr el cambio. Diplomada como psicoanalista en Suiza, Alice inicialmente recomendó en sus libros el psicoanálisis como una forma eficaz de terapia. Sus ideas me dieron la esperanza de que era posible cambiar: dos años después de leer “Por tu propio bien”, comencé a hacer terapia en Chicago en 1982 con un psicoanalista, Allen Siegel, con quien me sentía cómoda. Allen seguía las ideas de Heinz Kohut. Para ayudarme en la terapia, Allen buscó, sin éxito, literatura sobre alemanes cuyos padres vivieron durante la Segunda Guerra Mundial. Mi encuentro con él, un hombre judío, llevó el Holocausto y la historia de Alemania a un primer plano en mis pensamientos y emociones. Yo tenía treinta y dos años en ese momento.
Treinta y dos años más tarde, mi jornada terapéutica y mi vida han dado un giro total, regresando de nuevo de forma impactante a ese momento desgarrador. En 2008, una ruptura dolorosa puso fin a mi relación con Alice, pero no lograba entender bien las razones, solo podía detectar que algo andaba mal y así lo relaté en mi sitio web. Todo se aclaró cuando Martin Miller me contó lo que había sufrido como hijo de Alice. Conmocionada, una y otra vez, solo podía escucharlo poco a poco; pero con el tiempo, comprendí su importante perspectiva sobre cómo los traumas del genocidio y la guerra habían impactado a su madre. Horrorizada, consternada y aterrada, tanto yo como mis partes luchamos por asimilar las revelaciones de Martin sobre el abuso de su madre y su grave disociación, también cuando leí su conmovedor libro.The True “Drama of the Gifted Child”: The Phantom Alice Miller — The Real Person publicado en alemán en el otoño de 2013 (Traducido al inglés por mí y publicado en Amazon en los Estados Unidos).
Influenciada por las creencias psicoanalíticas tradicionales, Alice ignoró el trauma de la adultez. Cuando me enteré a través de Martin de la historia de su madre adulta, la cual ella había repudiado y ocultado tras un muro de silencio, comprendí las graves repercusiones del trauma infantil y adulto en la psique humana. A estas alturas, sé muy bien que el genocidio y la guerra destrozan la mente, el alma y la vida humana.
Para mí, fue inevitable afrontar las consecuencias del genocidio y la guerra con tres personas y relaciones cruciales para mí: Alice Miller y mis padres. Nací en 1950, después de la guerra y me crié en Alemania hasta mudarme a Chicago a los 28 años; lo cual cambió mi vida de forma radical. Comencé a participar y a conectar con la comunidad como nunca antes lo había hecho. Fue una experiencia liberadora y empoderadora, un maravilloso regalo de la vida. Por primera vez me preguntaban sobre mi pasado, sobre qué habían hecho mis padres y abuelos durante la guerra. Sostener esas conversaciones fue doloroso, difícil y, a la vez, calmante. Me permitió afrontar verdaderamente la realidad del Holocausto y los crímenes atroces de la Alemania nazi, algo asombroso y desconcertante, un golpe a mi confianza en la vida y en la humanidad. Alice Miller me mostró una salida a esa oscuridad: con su mensaje sobre las raíces y las ramificaciones del abuso y la negligencia infantil, con su compromiso hacia los derechos humanos infantiles y su trato no violento y respetuoso, y con su apoyo incondicional a la justicia y la dignidad de la niñez. Ella promueve la posibilidad de cambio a través de terapia y el rol del terapeuta como testigo esclarecedor y del lado del niño traumatizado y del paciente en terapia —no de los padres—, nos alienta a ser fieles a nosotros mismos, y nos dice que no tenemos que cumplir con las expectativas y exigencias de los padres, sino que tenemos derecho a enfrentarlas, liberarnos y recorrer nuestro propio camino. Para mí, Alice Miller siempre representará todo esto.
Durante esos primeros dieciocho meses de terapia con Allen Siegel, tomé una clase en la Universidad de Illinois llamada “Encuentro con el Holocausto”. Al redactar los informes al final de cada semestre, respondiendo a las preguntas de nuestro profesor, recuerdo cómo la ansiedad me recorría el cuerpo. Fue aterrador romper el silencio de mi infancia, mi familia y mi país. Para el primer ensayo, recuerdo haberle preguntado al profesor Byron Sherwin si podía describir el impacto de la infancia en las personas y en sus vidas, y si podía usar “Por tu propio bien” de Alice Miller para ilustrar mi punto; me preocupaba que pensara que era una locura. Nunca olvidaré su mirada de sorpresa y su respuesta: “No creo que las ideas sean una locura; siempre me interesa aprender cosas nuevas”. Y nunca olvidaré lo que escribió debajo del primer ensayo que le entregué: “Excelente, conmovedor y profundo”. Nadie había hecho nunca un comentario así sobre nada que yo hubiera escrito. Fue un estímulo que me cambió la vida y me impulsó a seguir escribiendo. Alice también disfrutaba y admiraba mis escritos; los valoraba y apreciaba con mucho énfasis.
En 2001, cuando me mudé a vivir a Chicago por segunda vez, Alan y Naomi Berger publicaron el libro “(“Second Generation Voices: Reflections by Children of Holocaust Survivors and Perpetrators”). Mi ensayo “Enfrentando una pared de silencio” formó parte de las pocas voces alemanas de ese libro donde describía esa época de mi historia familiar, de dominio público, pero que había permanecido oculta tras un enorme muro de silencio e idealización. Cada vez era más grande y más profundo mi distanciamiento de mi familia y de mi raíces. Al final de mi ensayo, escribí: «La pregunta que la generación de nuestros padres le planteaba con frecuencia a mi generación de forma desafiante y reprochable era: ¿qué habrías hecho tú?. Yo solo puedo responder a esa pregunta con mi experiencia de vida, la cual considero dedicada a superar el silencio, tanto en mi interior como en mi entorno».
(“Second Generation Voices: Reflections by Children of Holocaust Survivors and Perpetrators“)
Cuando escribí aquel ensayo en 2001, nunca imaginé lo lejos que me llevaría este profundo llamado. Tampoco sabía lo mucho que la terapia IFS y la comunicación consecuente con mi mundo interior iba a ayudarme a afrontar lo que me esperaba.
(IFS significa Terapia de “Sistemas Familiares Internos”; si quieres saber más sobre este tema, visita el “Centro de Autoliderazgo”: Larger Self)
Gracias a la clase que tomé sobre el Holocausto, a mi blog “Enfrentando una pared de silencio” y a otras experiencias, creía que había llegado a lidiar con algunas de las consecuencias de la guerra, así como con mi situación con mi propia familia. Sin embargo, lo que me enteré sobre Alice Miller me hizo comprender, de una forma tangible y dolorosa, lo inconsciente que seguía siendo la destructividad del genocidio y la guerra, y la brutalidad con la esto nos afecta y la devastación que nos deja, tanto en las relaciones como en nuestras vidas, mucho después de que la persecución y la guerra hayan terminado, incluso generaciones después.
La ruptura con Alice fue para mí un final inesperado y doloroso de una larga amistad que había comenzado en 1984 cuando le envié una historia sobre mi infancia durante el transcurso de mis sesiones de terapia. Me respondió con cariño y amabilidad, lo que significó mucho para mí. Más tarde ese año, regresé a Alemania con mi primer marido y nuestros dos hijos a vivir durante ocho años antes de regresar sola a Chicago en 1992. Mientras residía de nuevo en Europa, la contacté y nos conocimos en Zúrich en 1986; hablamos durante horas; nos entendimos muy bien. En ese momento ella tenía 63 años y yo 36.
Manteníamos contacto telefónico y la visitaba en Francia donde vivía y pasábamos tiempo juntas, sosteniendo largas conversaciones. Hubo mucho acercamiento. Sentí gran apoyo de su parte durante algunos momentos difíciles y cambios en mi vida. En 1988, cuando Alice dejó la asociación psicoanalítica, la entrevistamos en Alemania. Aunque me hablaba a veces de sus orígenes judíos ortodoxos y de algunas experiencias con el Holocausto, mantuvo sus antecedentes en secreto durante toda su vida y yo sentía que tenía que ser muy discreta y evitar hacer preguntas para mantener la relación.
En 1989, Alice recomendaba una forma de escritura terapéutica autodidacta descrita en el libro “Making Sense of Suffering” de Konrad Stettbacher. Ella respaldaba con firmeza su método terapéutico y afirmaba que esta forma de terapia básica la había ayudado muchísimo, incluso le había permitido experimentar la sanación. Nunca tuve la ocasión de conocer ni trabajar con Stettbacher; pero el concepto, descrito en cuatro pasos, me resultó útil: primero, plantear el asunto o el problema del presente; segundo, describir la emoción; en el tercer paso, debes cuestionar todo lo que te venga a la mente: la situación, tus sentimientos y tu crianza; en el último paso, expresar tus necesidades: lo que habrías necesitado de niño y lo que necesitas ahora. Durante varios años, escribir siguiendo estos pasos me permitió realizar un trabajo terapéutico individual. El cuarto paso fue crucial para mí: comencé a expresar y a satisfacer mis necesidades básicas.
Durante una época muy difícil para mí, tras separarme de mi primer marido en 1990, Alice se alejó de nuestra relación. Era evidente que no quería lidiar con mi tormento y mi dolor, por lo que no tuvimos contacto durante varios años. En 1992, volví a Chicago sola, entré a estudiar a la universidad, me enamoré y me casé por segunda vez en 1995. Estar en una relación romántica me causaba tanta ansiedad que la terapia de escribir sola ya no me funcionaba; debía volver a la terapia presencial. Al principio, acudí a Allen Siegel, pero tras un sueño que tuve en 1997, comencé a trabajar con Dick Schwartz y con la terapia IFS, así como en terapia de danza en movimiento con Gina Demos. Debido al hecho de que llevaba un tiempo haciendo terapia por mi cuenta, apreciaba el concepto de Dick sobre el autoliderazgo y animar a tu Ser a tomar las riendas, así como la capacidad del Ser de lograr sanar las partes que ocasionan problemas y sienten dolor. Me parecía lógico y me estaba surtiendo efecto. Aún recuerdo las palabras de Dick cuando le relaté los resultados de mis escritos terapéuticos: “Has estado hablando con tus partes”.
Hacia finales de los noventa, Alice y yo volvimos a reconectarnos; empezamos a escribirnos y a hablar por teléfono cada vez con más frecuencia. Finalmente, Alice me pidió que fuera su compañera terapéutica; me dijo que no lograba encontrar a alguien de confianza debido a su fama. Teniendo en cuenta que yo estaba al tanto de su desconfianza, su aislamiento y su historia, sentí una profunda compasión y también un gran honor. El contacto era cada vez más frecuente, incluso diario, a través de largas llamadas telefónicas y un intenso intercambio de correos electrónicos. Cuando no podía dormir por las noches, me llamaba a menudo (vivíamos en diferentes zonas horarias) y yo la consolaba e intentaba ayudarla a calmarse.
En 2003, sus ideas hicieron que yo abandonara de repente la terapia IFS y DMT; hablaré más al respecto más adelante. En 2004 publiqué mi libro “Gritos de la infancia” y creé mi sitio web con el mismo nombre. En 2005, asumí el papel de moderadora del Forum Our Childhood International basado en las ideas de Alice, un lugar para compartir traumas infantiles y terapia. Poco después, Alice me pidió que la ayudara con su recién publicado sitio web. Trabajando como su asistente, comentábamos los correos electrónicos que llegaban a su buzón casi a diario, y luego ambas respondíamos a las muchas cartas que le enviaban. Publicaba nuestras respuestas en su sitio web, donde también había acceso a artículos y ensayos, escritos por ella o por otros autores con creencias similares, incluyendo algunos míos. Mientras trabajamos juntas, la visitaba en Francia cada año. En todos mis viajes, me costeaba todo yo misma y me alojaba en un hotel cercano. Tras su fallecimiento, según su petición en vida, seguí encargada de las secciones en alemán e inglés de su sitio web. Me había prometido dinero en su testamento por mi trabajo. Cuando tuve que alejarme de ella, me sentí bien por el hecho de que había trabajado para ella como voluntaria.
Hacia el final de nuestra relación, me sentía cada vez más agobiada por sus exigencias de mi presencia constante y de requerir mi disponibilidad con tanta frecuencia. Tras la ruptura, sentí como si me hubieran extraído mi energía vital; fue un gran alivio liberarme de ese lastre. Nunca olvidaré la expresión de su última mirada al pie de su casa en Saint Rémy de Provence, llena de amargura y reproche. En un correo electrónico titulado “Un milagro”, Alice me escribió: “¿Será que te envidié (como mi madre me envidió una vez) por tus logros? De hecho, es posible que así haya sido. Porque, obviamente, te transmití con mi mirada la actitud de mi madre, para quien TODO lo que le di no fue suficiente. En lugar de agradecerme por haberla rescatado, me veía como la asesina de mi padre. En lugar de elogiarme por mis logros en la clase de alemán, quería golpearme. Me alegra mucho que te hayas defendido de mí y que así pudieras demostrarme que mis expectativas sobre ti y sobre tu franqueza, no tenían nada que ver contigo, sino con mi historia y mi madre, a quienes imité sin darme cuenta de forma inconsciente”.
Por desgracia, Alice solo se mostró vulnerable por un momento expresando su verdad. Poco después, empecé a descubrir a una Alice resentida, enojada, agresiva, irracional y paranoica, y tuve que darme cuenta de que había un problema insalvable con Alice y con nuestra relación. Estaba consternada. ¿Cómo era posible? ¿No había seguido su terapia? ¿En dónde se originaron esos ataques? ¿Quién era ese ser lleno de reproches y condenas? Finalmente, le escribí que no merecía su maltrato y rompí nuestra relación y nuestra colaboración. Alice le dio un giro a mi decisión alegando que ella había enviado primero su correo electrónico de terminación y me acusó de mentir. Un tiempo después, me atacó incluso públicamente en su sitio web, me calumnió y atacó la terapia IFS sin una explicación significativa y racional. Impacto tras impacto, incredulidad absoluta. Tiempo después, eliminó de su sitio web todo lo que yo había escrito sin previo aviso ni explicación para sus lectores. Se había terminado una amistad de muchos años de la que me había sentido orgullosa y que tanto valoraba y yo estaba completamente desconcertada.
Mi admiración por Alice y mi confianza en ella habían sido inquebrantables, pero ahora estaban rotas. Sin embargo, seguía sin entender qué había sucedido. Los comentarios de apoyo de algunas personas y el Forum Our Childhood International me ayudaron a esclarecer una situación en la que, al principio, parecía que solo yo tenía la culpa. Me resultaba imposible concebir que había sido engañada y traicionada, además de haber seguido sus creencias sobre la terapia. Poco a poco, me di cuenta de que Alice no había seguido un trabajo terapéutico real y de que sus ideas no se basaban en una terapia genuina en un entorno terapéutico auténtico. Tampoco había tenido experiencias reales con pacientes desde que había dejado de trabajar como psicoanalista en 1980. Alice había evitado trabajar con un terapeuta competente en igualdad de condiciones.
Retomar mi trabajo con Dick Schwartz en 2008 tuvo un gran impacto en mí y en mi vida después de que la ruptura con Alice me dejara tan aturdida por el dolor, la confusión y la ansiedad que apenas lograba conciliar el sueño. Después de regresar a mi terapia con él por un tiempo, por teléfono ya que yo vivía en México, le dije que lamentaba haber abandonado su terapia siguiendo el “consejo” de Alice y no haber continuado mi trabajo con él; Dick se alegró de oírlo. Le estoy profundamente agradecida por haber continuado mi trabajo terapéutico, después de una pausa de cinco años, como si nada hubiera pasado. Me ha devuelto la confianza en mí misma, en la vida y en la humanidad, algo que de otro modo podría haber perdido tras la devastadora e inicialmente incomprensible ruptura con Alice. Tras unos meses de regreso a la terapia IFS con Dick, escribí “Escape from the Fog of Admiration” y lo publiqué en mi sitio web en 2009. Fue mi respuesta a las calumnias de Alice. A pesar de algunos comentarios significativos, me sentía muy sola viviendo una experiencia devastadora que seguía sin entender, más allá de que algo estaba muy, muy mal con Alice Miller, pero al menos había podido desahogarme en mi blog.
De repente, de la nada, en 2012, su hijo Martin Miller me contactó después de haber leído “Escape” en mi sitio web. Me dijo que ni yo ni su madre entendíamos lo que yo había escrito. Me compartió algunas de sus opiniones sobre su madre y me dijo que estaba trabajando en una biografía sobre ella, luego de que Alice Miller se suicidara en 2010 a causa de cáncer de páncreas y dolores insoportables. Martin y yo comenzamos a hablar sobre las experiencias que tuvimos con su madre. Lo que había sufrido a causa de su madre era absolutamente escandaloso. El impacto de lo que descubrí me perturbó y angustió profundamente; yo seguía percibiendo a Alice como una buena persona, mientras que Martin había tenido experiencias fatídicas con su madre a lo largo de su vida. Estaba horrorizada, pasaba de una conmoción a otra.
Cuando mi parte víctima de incesto me pidió trabajar con una terapeuta de IFS, comencé terapia con Jeanne Catanzaro en 2010 tras conocerla en una formación de IFS. Me acompañó en mis esfuerzos terapéuticos y también en mis escritos para poder comunicarme con Martin. “¡¿Cómo pudiste ser tan ciega?!” fue la primera y contundente acusación que una de mis partes me lanzó. Otras partes cuestionaron todo sobre mí, mi vida y mi bondad, mientras reconocía lo destructiva que había sido Alice Miller como madre, y también cómo nos había engañado a mí y a sus lectores sobre hechos vitales relacionados con el retiro de su apoyo a Stettbacher y a su terapia, sobre su vida y sobre su hijo.
Alice rara vez hablaba de su hijo y cuando lo hacía, lo retrataba con desprecio como una persona muy difícil, que, según ella, era como su padre. Se sentía atacada y perseguida por él. Nunca me contó que Martin se había formado como psicoterapeuta y trabajaba como tal, incorporando algunas de sus ideas sobre la terapia. Martin comparte en su libro no solo cómo su madre lo abandonó de niño, sino también la profunda traición que sufrió en la edad adulta, especialmente cuando lo alentó a hacer terapia con un asistente de Stettbacher, quien utilizaba una forma de terapia primaria que, a diferencia del concepto original, implicaba un período inicial de tres semanas en el que los pacientes permanecían en una habitación oscura con el terapeuta. Dos terapeutas y una madre cometieron terribles traiciones durante esta supuesta “terapia”: las transcripciones de las grabaciones de las sesiones de terapia del hijo fueron compartidas y comentadas con su madre, quien luego utilizó esa información para influir en su hijo según sus creencias y deseos. Martin describe además cómo los tres también lo acosaron, exigiéndole que dejara de ejercer como terapeuta y amenazándolo con revocarle la licencia. Esa experiencia fue terrible y traumática para Martin; lo sumió en la desesperación, la confusión y el deseo de suicidio.
Dos terapeutas rompieron su mandato de confidencialidad y abusaron de su paciente. Y Alice Miller no solo traicionó a su hijo, sino también a sus lectores, cuya inquebrantable confianza en ella habría estado en peligro de haber conocido los hechos. Martin Miller llevó a Stettbacher a los tribunales y ganó el caso; Stettbacher también fue acusado públicamente, por una paciente en el tribunal y por otras fuentes —por ejemplo, en una carta de lectores de la revista German Psychology Today—, de haber abusado sexualmente de pacientes mujeres. Más adelante, hablaré de cómo Martin le habló a su madre al descubrir la verdad sobre Stettbacher. El fiasco de Stettbacher ocurrió en los años noventa, cuando yo no tenía contacto con Alice. Más tarde, ella me dijo en una ocasión que no creía que Stettbacher hubiera desarrollado ese concepto terapéutico, sino un asistente suyo, un joven médico que se quitó la vida. Leí la misma sospecha en un blog alemán hace años. Durante mucho tiempo, mi opinión al respecto fue que Alice tuvo la valentía de admitir un error y contárselo a sus lectores. Pero los terribles hechos sólo salieron a la luz con el libro de Martin.
Martin es un excelente escritor capaz de transmitir contextos psicológicos complejos; relató un libro veraz, conmovedor y claro sobre la vida de su madre y cuánto y con qué frecuencia sufrió por su culpa. Su libro me ayudó no solo a comprender mis propias experiencias con Alice, sino también a comprender mi impotencia ante su profunda disociación, su engaño y la represión que le impidió superar el genocidio y el trauma de la guerra. La franqueza y honestidad de Martin me brindaron la verdad que no pude encontrar por mí misma y le estoy profundamente agradecida por haber tenido la valentía de escribir su libro.
Fue impresionante enterarme por Martin de todo lo que me había ocultado Alice —y también a él— y con qué falta de escrúpulos había mentido. Nunca me contó que había buscado ayuda con un terapeuta especializado en trauma en Berlín debido a sus problemas con su hijo. Este trabajo, que abandonó después de solo dos semanas, había abordado su trauma por el genocidio y el sufrimiento de la guerra. Poco a poco, comencé a comprender cuán rigurosamente había silenciado sus experiencias durante el Holocausto, y lo asombroso que era que culpara únicamente a sus padres y a su hijo de todo su sufrimiento. En todas nuestras conversaciones, no recuerdo que se quejara ni acusara a los alemanes nazis ni a otros que la habían perseguido, chantajeado, amenazado de muerte y convertido la guerra en un infierno.
Lo que al principio me había causado horror, profunda vergüenza, culpa e indignación cuando se produjo la ruptura —y también cuando Martin me contactó— se transformó en alivio, claridad y profunda conmoción al reconocer las devastadoras consecuencias del genocidio y el trauma de la guerra. Llena de compasión hacia Martin y su madre, tuve que afrontar plenamente la destructividad de Alice Miller. Ahora entendía por qué había detectado un problema, aún sin poder identificarlo. Martin me brindó la clave para comprender por qué yo no podía conectar con Alice y por qué nuestra relación debía terminar. Nuestras comunicaciones y la lectura de su libro me hicieron comprender la magnitud de la disociación y la confusión mental de Alice y cómo ella había negado por completo el trauma abismal que la persecución y la guerra le habían causado. ¿Cómo era posible eso sí había escrito libros tan esclarecedores? ¿Cómo podía alguien que creía haber hecho terapia con éxito permanecer tan estancada en rasgos o partes destructivas de su carácter?
Alice silenció sus experiencias traumáticas de adulta; nunca afrontó el impacto que le habían causado. En particular, el fiasco de Stettbacher debió de significar una gran pérdida de confianza en sí misma, compensada por sus partes protectoras y destructivas. El cambio y la evolución habrían sido posibles si hubiera enfrentado con honestidad su camino erróneo. Pero abandonó la terapia genuina, la cual habría abordado todas sus experiencias vitales, y en su lugar se declaró sana.
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Segunda parte — Alice Miller y los traumas del genocidio y la guerra
El Holocausto fue un genocidio, lo cual constituye un trauma más intenso que la guerra misma, ya que no solo implica los horrores de la guerra, sino también la aniquilación de la persona en su totalidad, siendo despreciada, abandonada y traicionada por sus conciudadanos y por el mundo que la rodea. Las víctimas del genocidio sufren una desastrosa sensación de aislamiento y exclusión. Un comentario en la página web alemana de Amazon sobre el libro de Martin dice: «No solo los ‘sentimientos de la guerra’ como el miedo, el terror, la tristeza y el dolor están relacionados con la Shoah, sino que esta implica una degradación de la persona en su totalidad y una devaluación del ser que llega hasta el punto de pensar “¡sería mejor si no existiera!”. ¡Por favor, no se confundan! La guerra tortura y mata. El genocidio extermina. Esto genera una enorme diferencia psicológica para las víctimas y sus hijos». (Anette Lippeck, https://www.amazon.de/gp/cdp/member-reviews/A9OSYCTJVG9M9)
En 2003, después de comentar sobre la película “El Pianista”, Alice Miller escribió: “No puedo creer que yo haya llegado a sobrevivir a todo esto y mucho más, Szpilman nunca tuvo que negarse a sí mismo. Hoy creo que esta ha sido la herida más profunda de mi vida. Dos veces la sentí: primero de parte de mi madre que no quería que yo viviera y quería matarme, así que tuve que aprender a negar mi existencia. Luego tuve que usar esa habilidad para evitar que me llevaran a Treblinka, porque mi vida no valía nada para ellos. Lo mismo una y otra vez”. Esta declaración de Alice habla de la tragedia de su vida y señala la disociación como consecuencia de la negación del Ser que le había sido impuesta.
El autor Jeffrey Masson descubrió lo imposible que era para Alice tener acceso a su experiencia del Holocausto al intentar entrevistarla. Todo transcurría bien hasta que le preguntó sobre su vida en Varsovia y cómo pudo haber eso influido en sus opiniones. Ante su pregunta, ella explotó en ira, rompió en llanto y le dijo: ¿cómo puedes unirte a la larga lista de personas que han abusado de mí? Él no tenía ni idea de lo que ella insinuaba ni ella quiso explicárselo; pero a partir de ese momento, su amistad se resintió y nunca se recuperó. (Fuente: https://www.tabletmag.com/sections/arts-letters/articles/high-drama#comments
Desde el principio de nuestra amistad, Alice compartió conmigo algunas de sus experiencias durante la guerra; pero parecía no darles mayor importancia. Estaba convencida de que su angustia provenía de un trauma infantil. No reflexionaba sobre lo que la guerra y el genocidio le habían infligido o arrebatado. Martin menciona el síndrome de Estocolmo en relación con el matrimonio de sus padres; lo que parece haber afectado también a Alice con respecto a los perpetradores nazis, ya que sucumbió a la dinámica de comprenderlos, mientras guardaba silencio sobre lo que le habían hecho. Incluso después de la guerra, Alice no se sentía segura de nombrar a los perpetradores que habían convertido su vida en una pesadilla de miedo, terror y persecución. Sus partes protectoras que la habían ayudado a sobrevivir a la guerra, predominaban sobre su percepción de la realidad: la bloqueaban. En un webcast de Psychotherapy Networker, Dick Schwartz habla sobre la multiplicidad de la mente humana y explica que «cuando alguien sufre un trauma, algunas partes se congelan en el tiempo y otras asumen roles protectores que distorsionan sus talentos naturales y pueden volverse destructivas». (Webcast de Psychotherapy Networker 2014, “The Trauma Revolution”) https://www.psychotherapynetworker.org/home/2013/10/the-trouble-with-trying-to-heal-trauma-too-fast/
Cuando Martin le preguntó una vez a su madre, ya en su vejez, por qué le había ocultado su identidad judía, Alice respondió que todavía tenía miedo de que la pudieran arrestar algún día por haber ocultado su identidad con documentos falsificados, y que los nazis llegaran y la encarcelaran en un campo de concentración. The True “Drama of the Gifted Child”: The Phantom Alice Miller — The Real Person— por Martin Miller)
Más de cincuenta años después de la Segunda Guerra Mundial, Alice tenía partes petrificadas en la época en que los nazis cometían asesinatos así como en su esfuerzo eterno por ocultar su identidad judía.
Martin tuvo que comprender que su madre proyectaba sobre él el miedo y el odio que sentía hacia sus perseguidores de guerra; lo acosó y le hizo daño de maneras inconcebibles. Es inaudito que Alice pudiera escribir un libro tras otro sobre cómo proteger la infancia y apoyar a los niños, y sin embargo, tratara a su propio hijo con una crueldad, traición, locura y odio atroces. El alcance de su disociación y su arrogancia es aterrador y profundamente perturbador. Martin solo pudo romper el muro de silencio tras la muerte de su madre. Este silencio lo afectó profundamente, lo perturbó, lo alejó de sus raíces judías y polacas, y de su propia identidad. El autor Dan Bar-On, profesor de Psicología Social de la Universidad Ben Gurión de Israel, escribe en su libro “The Others Within Us”: “Debemos ser capaces de responder a la pregunta: ¿De dónde vengo? Cuando en vez de respuestas, encontramos silencio, surge un dilema vital muy difícil”. (http://www.amazon.com/The-Others-Within-Constructing-Jewish-Israeli/dp/0521708281)
El silencio es un enorme legado para los hijos de esa segunda generación de seres humanos traumatizados por el genocidio y la guerra, cuyos padres no hablan de sus experiencias, ya sea porque fue demasiado doloroso y horrible, o porque cargan con la vergüenza y la culpa por lo que hicieron, tuvieron que hacer o presenciaron. Desconocer el pasado de mis padres me impidió tener una base sólida, no podía confiar en ellos porque no sabía quiénes eran en realidad.
Martin, nacido en 1950, al descubrir, en lo posible, el pasado de su madre y escribir su libro, se liberó del eterno mandato de silencio, secretismo, mentiras y engaños. Fue un gran desafío, ya que Alice había aprendido a disimular lo que no quería que se supiera de ella. Martin narra en su libro que, en el año 2000, Alice Miller trabajó con el terapeuta berlinés experto en trauma Oliver Schubbe con la intención de mejorar la relación con su hijo. Sorprendentemente, ella liberó a Schubbe de su mandato de confidencialidad tras su muerte. Alice quería hacer terapia con él debido a que experimentaba ansiedad, fuertes sentimientos de culpa y un dolor intenso en el cuerpo cada vez que tenía contacto con su hijo; quería averiguar la razón. Durante esta breve terapia, surgió el tema de la guerra; Alice trabajó en particular con sus recuerdos de la guerra de Varsovia, publicados en 1998 en forma novelada en su libro “Paths of Life — Seven Scenarios”, donde escribió sobre sus propias experiencias, pero en tercera persona. Inventó personajes y conversaciones. Pero en esta aparente ficción, reconocí experiencias de su infancia y vida que Alice compartió conmigo. (https://www.amazon.com/Paths-Life-Scenarios-Alice-Miller/dp/0375703454)
Según Oliver Schubbe, esas dos semanas de terapia no fueron suficientes para lidiar con el severo trauma del Holocausto y la guerra. La razón por la que Alice abandonó la terapia fue porque su dolor físico había disminuido. Pero su relación con su hijo nunca mejoró.
En ese momento, tomó una decisión fatal contra su hijo, contra su Ser, y a favor de la negación y del engaño. La persona que se mostró en el mundo a partir de ese momento, incluso en su propia página web, reprimió con vehemencia la verdad y se llenó de un grandioso sentido de superioridad. Tres años después, en 2003, me pidió que fuera su asistente terapéutica sin límites, sin remuneración y ni una palabra, jamás, sobre Oliver Schubbe. Debido a la inmensa compasión que sentía por ella, no tenía ni idea de que me había involucrado en un juego perverso de manipulación. Ella requería trabajo terapéutico genuino para descubrir su sombra, no la adulación de una devota seguidora. Aunque Alice, por supuesto, sabía sobre la disociación, rechazaba la idea de las partes y desestimaba la comunicación entre ellas. No sentía ninguna curiosidad por la terapia IFS que yo había realizado; y menospreciaba el proceso de soltar las cargas del pasado. Enfocada en su infancia, anuló la comunicación con sus experiencias de vida adulta y con todas sus partes; haciendo imposible integrar sus traumas de genocidio y guerra.
Alice me contó desde el principio que había sobrevivido al Holocausto con documentación falsa, lo cual le fue posible porque no parecía judía. Además, hablaba polaco con fluidez, mientras que su padre solo hablaba hebreo y no habría podido sobrevivir fuera del gueto judío. Alice me contó una vez que también había conseguido pasaportes falsos para otras nueve personas. Parecía orgullosa de este logro y de haber salvado su vida y la de otros. Yo admiraba profundamente su ingenio y valentía. Al principio, hablaba más sobre sus experiencias en el Holocausto y compartía detalles que el público desconocía. Una vez, después de una conversación de este tipo, al llegar a casa me llamó preguntándose la razón por la cual había compartido conmigo esas intimidades. Luego añadió: «Ya sabrás que hacer con esa información». Tenía claro que debía ser muy cuidadosa con lo que me había contado y, desde luego, nunca podría mencionar nada públicamente, o perdería su confianza. Pero también sentí que me estaba dando permiso para hablar del tema, eventualmente.
En el capítulo “Margot y Lilka” de “Paths of Life”, dos mujeres hablan de su huida del gueto; en sus declaraciones, veo recuerdos de lo que le ocurrió a Alice, lo cual se ve respaldado por el relato de Oliver Schubbe. Margot, el personaje, relata que, mientras otros padres ayudaban a sus hijos a escapar de los nazis y los confiaban a familias cristianas, su padre era como un niño pequeño, se negaba a ver el peligro y no asumía ninguna responsabilidad ni por sí mismo ni por los demás. Margot le dice a Lilka: “Cuando decidí abandonar el gueto judío y escapar a Varsovia, yo también tenía diecinueve años, pero tuve que ocultarles mi plan a mis padres. Me habrían impedido irme”.
El otro personaje, Lilka, narra la siguiente experiencia de cómo llegó a Varsovia con una identidad falsa: «De camino de la estación a mi alojamiento, vi a familias judías prisioneras forzadas a caminar por las calles con pequeños bultos en brazos. Mi corazón se llenó de indignación, pero debía evitar toda demostración. Fingí que esas pobres criaturas perseguidas no eran asunto mío e imité a todos esos otros polacos cuyos rostros inexpresivos no mostraban señal alguna de protesta ni consternación. Como se sabe, la barbarie a la vista de todos en las calles era tolerada en silencio por la mayoría de la población polaca, como si fuera algo normal. Así que también aprendí a reprimir mis emociones. Ese día, las desterré de mi corazón para siempre». «Todos esos intentos de olvidar mi propia identidad durante la guerra habían apagado mis emociones». Alice me dijo en una ocasión que solo con el nacimiento de su segunda hija, una niña con síndrome de Down, resurgieron esas emociones.
Cuando Martin tenía unos cuarenta y tantos años, estando en terapia, su madre finalmente compartió con él algunas de sus experiencias durante los años de la guerra. Al estallar la guerra en 1939, Alice tuvo que entrar en el gueto del pequeño pueblo donde vivía con su familia. Pronto entabló relación con una organización clandestina, lo que le permitió conectar con polacos fuera del gueto. Así, pudo escapar y comenzó su calvario de negación de su identidad: cambió su nombre. Alicija Englard se convirtió en Alicija Rostovska, sobrevivió al Holocausto y también salvó la vida de su madre y de su hermana.
Por puro miedo a la muerte, Alice ya no sabía quién era, escribe Martin. Tuvo que imponerse un autocontrol absoluto. No solo temía ser reconocida, sino también reprimió su propia vitalidad, temía no poder controlarse lo suficiente. Los hombres que recorrían las calles buscando judíos conocidos, o personas con aspecto judío o con “ojos tristes”, eran un peligro constante y mortal. Si descubrían a alguien, lo llevaban a la Gestapo, donde lo fusilaban. En “Paths of Life”, el personaje de Margot describe lo mismo que Alice me contó en una conversación: que le pagó a un chantajista con sus joyas; en otra ocasión, cuando ya no tenía nada para pagar, iba camino a la Gestapo junto con otra víctima que tenía algo de dinero. Lograron pagarle al chantajista y escapar en último momento. Martin cuenta cómo una vez, cuando Alice se cortó el pelo, una amiga íntima del colegio la reconoció; Alice tuvo que decirle fríamente que no la reconocía y que debía ser un malentendido para evitar que la delataran a la Gestapo. Durante cerca de tres años, Alice vivió con la constante tensión del miedo mortal, de ser descubierta y de tener que buscar nuevos escondites cuando ella o su madre eran descubiertas.
Aunque su madre tenía aspecto de judía y se le dificultaba enormemente esconderla, Alice se las arregló para encontrarle un lugar. Una vez, Alice escribió: «Mi madre me obligó a cuidarla a sus 46 años; varias veces puso mi vida en peligro de muerte; y me hizo terribles reproches el día que la salvé». Alice salvó la vida de su hermana internándola en un convento y me contó con consternación cómo su madre se había lamentado horrorizada y le había reprochado llena de ira: «Si tu padre hubiera visto esto, se habría revolcado en su tumba», al enterarse de que la hermana de Alice había sido bautizada para vivir con las monjas.
Alice trabajaba como maestra en la clandestinidad para ganarse la vida. Martin sugiere que, dado que era una mujer muy hermosa, también pudo haber tenido que pagar otro precio por sobrevivir. En el verano de 1944, durante el Levantamiento de Varsovia de la resistencia polaca, Alice cruzó el río Vístula con su hermana hacia el lado ruso, territorio liberado. Hasta el final de la guerra, trabajó como enfermera en un hospital militar. Nunca me habló de esa experiencia, ni se menciona en “Paths of Life”. Tuvo que haber presenciado soldados heridos, mutilados, con dolor y angustia, agonizantes: imágenes inquietantes y una experiencia profundamente traumática.
Después de la guerra, Alice obtuvo una beca y emigró a Suiza, estudió en la universidad y se doctoró en filosofía, psicología y sociología. Se casó con un polaco católico que la había acompañado y que, para su desgracia, tenía el mismo nombre que su chantajista durante la guerra y era muy antisemita.
(En su libro “The True Drama of the Gifted Child,” Martin escribe al final “Carta a la madre” en el último capítulo, el 11. Para ese entonces, ya había entendido el devastador papel que su padre había representado en la vida de su madre.
A continuación, dos citas del Capítulo 11:
…. ”Obedecer a los caprichos de tu madre y buscar un apartamento en las afueras del ghetto fue una misión suicida. Obedeciste en nombre de la paz y respondiste a un anuncio de un apartamento. Un hombre alto y apuesto te atendió. Su nombre era Andreas Miller, no dudó en aprovecharse de la situación. Resultó ser un chantajista de la Gestapo polaca.”
….“Después de la guerra te fuiste con tu hermana Irena a la universidad de Lodz. Pero por desgracia, no consideraste la posibilidad de que Andreas Miller, tu chantajista, te encontrara. Pero fue a la misma universidad que ibas y se convirtieron, de nuevo, en la pareja que habían sido durante la guerra.”)
Este matrimonio infeliz duró desde 1949 hasta su divorcio en 1974, cuando un cáncer de mama motivó a Alice a liberarse de ese yugo. Para entonces, ya se había formado y trabajado como psicoanalista, y se había sometido a psicoanálisis dos veces. A partir de entonces, vivió una vida propia e independiente. Comenzó a escribir y a pintar. Su primer libro, “The Drama of the Gifted Child”, rechazado inicialmente por una revista psicoanalítica, se convirtió en un éxito de ventas internacional. Alice consiguió fama, éxito y con el tiempo, una fortuna considerable. Era considerada como LA experta en terapia y en el trato infantil afectuoso.
Su hijo Martin considera los años en que ella escribió sus tres primeros libros como los más felices, despreocupados y libres de la vida de su madre, conectada consigo misma; solo durante ese tiempo tuvieron una buena relación. Mientras ella escribía sus tres primeros libros, él fue su consejero reflexivo y perspicaz, y un apoyo muy importante. Pero a medida que Alice se hacía famosa, los fantasmas de su pasado bélico asomaron sus horribles fauces y la fama desencadenó el trauma de la persecución; y su relación se deterioró. Sin embargo, esas conversaciones estimularon el interés de Martin por la psicoterapia; por lo que dejó su profesión y se convirtió en psicoterapeuta. Cuando él no quiso seguir las ideas y sugerencias de Alice, ella cortó la comunicación. Martin sufrió hasta el borde del suicidio, ya que su madre nunca logró escapar de sus fantasmas ni reconocer su destructividad. Su arrogante y radical necesidad de dominar y controlar sus relaciones personales cercanas destruyó la mayoría de ellas. En esto no solo influyeron la negación y el engaño, sino también su vanidad y su obsesión por no revelar nada sobre sí misma ni de su vida que no quería que se supiera.
Alicija Englard, su nombre de nacimiento, nació en 1923 en Polonia, en un mundo perdido: la vida judía, en sus diversas formas culturales y religiosas florecía entonces en Polonia y Europa, pero fue destruida por el virulento antisemitismo y las atrocidades de la Alemania nazi. Sus abuelos eran judíos ortodoxos y vivían en el pequeño pueblo de Piotrków Trybunalski. Su abuelo, Abraham Englard, era el rico propietario de una tienda de artículos para el hogar; ella vivió los primeros años en su apartamento, donde tres generaciones vivieron bajo el mismo techo. Me decía: «Ahora, el final de mi vida, de una forma muy extraña, se parece al principio: muchos me miraban con curiosidad pero yo no podía tener relaciones reales y cercanas con las personas que pasaban y se iban. En mi vejez, debido a mi fama, vuelvo a estar en una posición en la que mucha gente se fija en mí, pero no puedo tener relaciones reales con nadie».
Sus abuelos, Abraham y Sarah Englard, fueron deportados y asesinados en Treblinka en 1942. Alice no me contó nada sobre sus abuelos ni mencionó su nombre de infancia, ni habló de los miembros de la familia que aparecen en el libro de Martin. Pero sí me decía a menudo cuánto resentía desde pequeña sus orígenes religiosos ortodoxos. Por ser niña, sus abuelos no le hablaban ni la llamaban por su nombre, lo que la hacía sentir invisible e insignificante.
Tras un año o dos, la familia se mudó a un lugar donde Alice vivió sola con sus padres; cuando Alice tenía cinco años, nació su hermana. Su padre, Meylech Englard, el segundo de cinco hijos, era un fiel seguidor de su padre y, como él, un hombre muy religioso. Carecía de formación profesional, trabajaba en la tienda de su padre y no se atrevía a protestar contra la autoridad paterna. Según la práctica tradicional, se casó con la mujer que su padre le había elegido, aunque amaba a otra mujer. Este matrimonio se convirtió en una dura prueba; no había intimidad; eran desconocidos el uno para el otro. La madre de Alice, Gutta Englard, fue retratada por Alice y su prima como una mujer fría, insensible, autoritaria y ambiciosa, poco inteligente, inculta, y que además no era aceptada por la familia.
Los cuatro hermanos del padre de Alice vivieron vidas muy diferentes: el hijo mayor, Fishel, tuvo una hija ilegítima y emigró con ella a Israel a finales de los años veinte. Dora, la mayor de las tres hermanas nacidas después de los dos hijos, se casó con un médico. Tuvieron un hijo y vivieron una vida judía liberal en Varsovia. Dora y su familia perecieron en el gueto de Varsovia. La siguiente hermana, Franja, se casó con un rico comerciante de Berlín; tuvieron tres hijos. Alice y su familia vivieron con ellos desde 1931 hasta que Hitler tomó el poder en 1933; entonces la familia de Alice regresó a Polonia. Fue el primer impacto negativo de la Alemania nazi en la vida de Alice a sus diez años, ya que ella estaba encantada con su vida en Berlín. Su prima Ala, la hija mayor de Franja, le contó a Martin lo inteligente que era Alice y lo rápido que aprendió alemán casi a la perfección. Ala añadió que si Hitler no hubiera llegado al poder, Alice y su familia nunca habrían regresado a Polonia. Al recordar la influencia decisiva que los años de mi vida adulta en Chicago han tenido en mí, puedo imaginarme lo diferente que habría sido la vida de Alice si se hubiera quedado en Berlín. Es una constatación desgarradora y angustiosa.
La hermana menor del padre de Alice también se llamaba Ala; era su tía favorita. Ala disfrutaba de muchas libertades: asistía a la escuela pública y alternaba entre el mundo religioso y el secular. Ala se casó con Bunio por amor; se relacionaron principalmente con la clase media alta de la liberal sociedad judía polaca. Su hija Irenka, así como Ala, la hija de Franja, ambas primas de Alice, fueron fuentes esenciales de información para Martin sobre su madre y su vida; conocieron a Alice desde la infancia. Irenka le contó a Martin que Alice se avergonzaba de sus padres. Ala y su familia también vivieron en Suiza después de la guerra; acogieron a Martin Miller de bebé cuando su madre lo rechazó poco después de nacer y lo entregó a una conocida. Dos semanas después, Ala lo adoptó, y vivió con su familia durante los primeros seis meses de su vida. Irenka le dijo: «Si no te hubiéramos acogido, habrías muerto». (The True “Drama of the Gifted Child”: The Phantom Alice Miller — The Real Person,,” por Martin Miller)
Martin relata cómo se vio reducido a un observador mudo de sus padres y su terrible matrimonio; solo hablaban polaco, que él no entendía, ya que él solo hablaba alemán suizo. Martin fue enviado a un hogar infantil cuando nació su hermana donde lo dejaron abandonado durante dos años. Sus padres nunca fueron a verlo, ni siquiera al empezar la escuela. Cuando su padre lo golpeó y abusó sexualmente de él, su madre se hizo la de la vista gorda. Ella siguió abusando de él durante toda su vida adulta.
Para escribir su libro, Martin se esforzó mucho por hablar con personas que habían conocido a Alice y descubrió mucha información oculta sobre su vida. Le estoy profundamente agradecida por compartir lo que descubrió, lo que ha hecho posible una revisión diferente y profunda sobre la vida de Alice. Lo que me sorprendió fue la forma tan diferente en que aquellos que conocieron a Alice de niña la percibían: como una niña ingeniosa y decidida que se rebeló contra el entorno agobiante en el que se encontraba y alcanzó cierta libertad, así como como una niña desconfiada y arrogante que pasaba mucho tiempo sola, leyendo. La arrogancia y la desconfianza, el coraje, la determinación y la insistencia, su necesidad de tener la razón, fueron rasgos de carácter importantes y decisivos —o partes— que también llegué a observar.
En su infancia, una forma de escape vital para la niña Alicija fue el tiempo que pasó con su tía Ala, con su esposo Bunio y su hija Irenka en casa, donde se sentía cómoda y bien consigo misma, algo que no podía hacer con sus padres. Alicija también era de voluntad fuerte y decidida, por lo que presionó para que la dejaran asistir a una escuela pública; argumentó que no podría aprender lo suficiente en la escuela judía y que sería aburrida. Por desgracia, Alice no le hizo honor a su propio espíritu rebelde, crítico e independiente, imperativo para salvar su vida y escribir sus libros. La fuerza, la audacia, la providencia y el coraje que Alice Miller demostró al desenmascarar el abuso de la autoridad paterna y enfrentarse a las creencias psicoanalíticas tradicionales son incomparables; las raíces, obviamente, se pueden encontrar en esa niña rebelde. Mi parte que gritaba un —NO— rotundo resonaba profundamente con ella.
Alice se vio afectada de diversas maneras por el abuso y la negligencia de sus padres; sobre todo, tuvo que convertirse en su cuidadora en un proceso de parentalización emocional y física que continuó durante la guerra. Al principio de su vida, su madre dejó la mayor parte del cuidado a su padre, a quien Alice consideró durante mucho tiempo un buen padre. Sin embargo, él había abusado de ella de pequeña, también sexualmente. A veces, me hablaba de ese sufrimiento infligido por su padre; también mencionaba enemas y tasas calientes. Un personaje de “Paths of Life” llamado “Sandra” lo relató de la siguiente manera: “Cuando tenía dos años, me acostaron desnuda sobre una mesa y me pusieron tasas calientes en el cuerpo, primero en la espalda y luego en el pecho. Para asegurarse de que se pegaran a la piel, los calentaban en un quemador. Tenía miedo de que me quemaran. Les suplicaba que se detuvieran. Pero no lo hicieron, y nunca intentaron tranquilizarme. Era como si les hubieran prohibido hablarme. Pensé que me estaban castigando por algo, pero no podía pensar qué había hecho mal”. En un correo electrónico de 2008, Alice escribió que no recordaba ninguna experiencia humana con su padre, “ni con todos esos otros hombres”. Concluyó: “¡Qué infierno que fue mi vida!”. (correo electrónico del 2 de abril de 2008)
El personaje Anika describe a su madre en “Paths of Life” como alguien que se comportaba, en muchos sentidos, como una niña a la que había que cuidar, por lo que hacerla feliz se convirtió en su principal objetivo en la vida. Este personaje le dice a su madre: “Y eso significaba organizar tu vida para ti, asegurarme de que estuvieras bien. Pero nunca lo lograba. Siempre me sentía culpable, sentía la oscura obligación de hacer algo por ti, pero nunca sabía qué te habría hecho feliz. El resultado era estrés permanente, agotamiento constante, decepción de mí misma, pues nunca logré la meta que me había propuesto”.
Cuando Alice comenzó a hacer psicoanálisis, apenas recordaba su infancia, así que le pidió información a su madre. Alice mencionaba a menudo la carta que su madre le había escrito al respecto. Para Alice, esta contenía, en pocas palabras, el horror de su relación con ella. Esta carta de su madre se encuentra entre líneas en el capítulo “Anika” de “Paths of Life” y la comparto aquí: “Cuando tenías ocho años, ambas tomamos clases de alemán con un vecino, profesor del instituto local. Un día nos puso de tarea hacer un ensayo. Aprobó mucho lo que tú (Alice) habías escrito, pero no elogió mucho mis esfuerzos. Entonces hiciste un comentario que me enfadó mucho. De vuelta a casa, me desahogué y amenacé con darte una paliza que no olvidarías el resto de tu vida. Corriste alrededor de la mesa, yo detrás de ti. Pero fuiste más rápida y no pude atraparte. Así que me puse el abrigo y salí de casa. Al regresar en la noche, estabas sentada mirándome. Después de un rato, me puse nerviosa. Me preguntaste qué iba a hacer y te dije que mejor te fueras a la cama, ya que aún no había decidido cómo te iba a castigar. De una cosa estaba segura, que le iba a dar quejas de ti a la directora a ver qué me aconsejaba. Por fin te acostaste. Cuando me desperté a la mañana siguiente y te vi, estabas sentada en la cama, mirándome con los ojos muy abiertos y seguías haciéndome preguntas interminables. Dijiste que no habías pegado un ojo porque no sabías qué iba a pasar. Como siempre, tus constantes preguntas me irritaban y te dije que te fueras a la escuela. Dijiste que temías conocer a la directora, y yo dije que te lo tenías bien merecido; no era para menos. Después de eso, no te dirigí la palabra durante diez días. El castigo funcionó a la perfección. Cambiaste de actitud, dejaste de andar con tus amigos de la escuela y te quedaste en casa conmigo. Necesitaba tu compañía porque tu padre ya tenía una amante y yo me sentía sola. Después de ese incidente, nunca más tuve problemas contigo”. (“Paths of Life”)
Para Alice, ese episodio decisivo de su infancia la vinculó ineludiblemente a su madre, también durante la guerra. Al estallar ésta, Alice tuvo la oportunidad de escaparse con un primo en su coche. Él llevaba a Ala, Bunio e Irenka en el coche; Bunio quería que Alice la acompañara. Pero Alice, de dieciséis años, pensó que no podía abandonar a su familia y se negó a acompañarla. Martin escribe que ella lamentó esa decisión y que creía que su vida habría tomado un rumbo diferente si se hubiera ido con su primo. Más tarde, nos contó a su primo y a mí que lamentaba haber salvado a su madre y a su hermana, pues ellas nunca llegaron a formar parte de su vida después de la guerra.
Cada vez considero más las acciones de Alice contra su hijo como partes desviadas que representaban la inhumanidad destructiva que habían absorbido. Además, la falta de valoración que el mundo en su entorno le ofrecía, se convirtió en una de sus partes, dirigida también contra su hijo. Estos mecanismos no desaparecieron después de la guerra. En sus libros, ella hablaba mucho sobre su verdadero Ser y creía haberlo encontrado; sin embargo, su hijo se encontró con terribles mecanismos de supervivencia profundamente arraigados en Alice.
Ella solo mencionó una vez que su padre había muerto en el gueto judío a causa de una enfermedad. Martin cree que Alice se sentía culpable por no haber podido salvar a su padre; había quedado abandonado en el gueto. Esa culpa se convirtió en otra carga traumática que proyectó en su hijo. Intentó “salvarlo” inscribiéndolo, cuando tenía treinta y tantos años, sin su conocimiento ni consentimiento, en terapia con Stettbacher; cuando Martin protestó, su madre reaccionó de forma enérgica e insistente, algo que sólo comprendió años después. Al conversar sobre ese conflicto en aquel entonces, Martin sintió que su madre no lo entendía y parecía como si ella se estuviera dirigiendo a otra persona y no a su hijo. Escribe: «Me quedó claro el apasionamiento con el que me instó a iniciar esa terapia —como si fuera una cuestión de vida o muerte— y la profundidad de su dolor cuando rechacé su ayuda y justifiqué claramente mis razones. Cuanto más me negaba, más agresiva se volvía. Hoy pienso que para ella era realmente una cuestión de vida o muerte, y de hecho ella le hablaba a su padre y no a mí. Hoy, veo en esta historia no solo un ataque moralmente repulsivo y doloroso por parte de mi madre, sino que también puedo reconocer en su comportamiento, gracias a mi amplio conocimiento sobre el trauma causado por la guerra, una mezcla explosiva de experiencias emocionales y traumáticas de la guerra». (“The True Drama of the Gifted Child,” por Martin Miller, páginas 134/135)
Cuando Martin finalmente confrontó a su madre respecto a los hechos sobre el carácter fraudulento y las acciones de Stettbacher, ella se mantuvo tranquila y bajo control. En su ceguera, consideraba a su hijo como otro perseguidor y actuó con férrea serenidad para librarse de él. Su relación nunca se recuperó de esta confrontación. Martin escribe que su madre, en su delirio, «se olvidó que yo era su hijo». (“The True Drama of the Gifted Child”)
En los años siguientes, Alice evitaba hablar del problema de Stettbacher con otras personas; me decía que le hacía mucho daño hablar del tema. No analizó ni afrontó lo sucedido; por qué se dejó engañar tanto; por qué había elogiado y recomendado tanto a Stettbacher. Y a cambio, menospreció a Martin. Aunque se distanció públicamente de Stettbacher y eliminó su nombre de sus libros, nunca mencionó el papel en ese drama de su hijo, su traición y su abuso. Ocultó la verdad y, sin que sus lectores lo supieran, se enfrentaron una vez más a un muro que tenía escrito por doquiera “El cuerpo nunca miente”, el título del tercer libro de Alice.
Gracias a la investigación y a las aclaraciones de Martin, ha quedado claro la profunda desconexión que Alice Miller tenía de su trauma del Holocausto. Creía no tener secuelas. En 2005, en su libro “El Cuerpo Nunca Miente”, afirmó: “Al recordar mi propia vida, me asombra la firmeza, la resiliencia y la implacabilidad con que mi verdadero Ser ha prevalecido contra toda resistencia externa e interna. Y sigue prevaleciendo, sin la ayuda de terapeutas, porque me he convertido en un Testigo Iluminado”. (“El Cuerpo Nunca Miente”, págs. 213/214)
Es terrible cómo pudo ignorar la forma en que sus experiencias durante la guerra habían cobrado vida propia. La vida de Alice, aún más después de hacerse famosa, estuvo dominada por partes activas atrapadas en el trauma. Estaba convencida de que sus partes extremas eran sus “sentimientos genuinos” que constituían su “verdadero yo”. Lo que Alice consideraba su trabajo terapéutico fue a través de su escritura; siguiendo los pasos de su formación psicoanalítica, centrándose en su infancia y en lo que había sufrido a manos de sus padres, pero bloqueando lo ocurrido durante su adolescencia y adultez. He aprendido de su profundo error lo peligroso que es silenciar e ignorar el trauma adulto y sus consecuencias en los seres humanos.
Muchas personas expresan la importancia vital que tuvieron en ellas los libros de Alice Miller; pudieron comprender cómo su infancia los había afectado; los libros de Alice seguirán brindándonos ese conocimiento vital. El libro de Martin Miller lleva su trabajo un paso más adelante, adentrándose en nuevos territorios; su hijo arroja nueva luz, algo que su madre no pudo alcanzar. A través de su libro, sus reflexiones y con su propia vida, nos muestra el devastador impacto del genocidio y la guerra no solo en su madre, sino también en la siguiente generación. Si bien atribuye una importancia revolucionaria a los tres primeros libros y a las reflexiones iniciales de su madre, cree que no podemos hacer terapia solos, como asumía Alice. Martin nos hace conscientes de las consecuencias físicas, emocionales y mentales del genocidio y el trauma de la guerra al compartir la historia de su madre y la suya propia. Fue especialmente difícil para Martin porque los seguidores de Alice Miller, como yo lo fui en su momento, no quieren ver a su ídolo bajo una sombra.
Estoy de acuerdo con Martin en que su madre estaba profundamente impactada por sus traumas del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial; era el tema ausente del que Alice y yo evitábamos hablar. Cuando me pidió que fuera su “asistente terapéutica”, yo desconocía su trabajo terapéutico con Oliver Schubbe y el fiasco de Stettbacher. No fue honesta consigo misma ni conmigo. Al enterarme de eso, me sentí conmocionada, engañada y traicionada. Reprimir y enterrar sus experiencias traumáticas de la adultez se había convertido en su forma de vida. Negando sus acciones y traumas de mujer, se vio atrapada en un círculo vicioso donde culpaba a sus padres y a su hijo, las únicas personas a quienes, obviamente, se sentía segura atacando.
Aunque sigue siendo doloroso y desconcertante saber que fui tan ciega, he aprendido a través de esa difícil experiencia que es un desafío permanente atender nuestras luchas internas y nuestras partes, vivir en coherencia y en la verdad. “You are the one you have been waiting for”, el título del último libro de Dick, me ha brindado consuelo y apoyo para estar presente en cada una de mis partes, en especial al enfrentar experiencias y cambios difíciles en la vida. La terapia debe ayudarnos a enfrentar nuestros errores, nuestra culpa, nuestras malas acciones, incluso si hemos cometido delitos en la edad adulta. Alice fingió estar sana y ser una experta en terapia. Fingir —ser quien no era— se había convertido en su forma de vida. Un patrón iniciado en la infancia y dramáticamente fortalecido por el trauma del genocidio que aplicaba a situaciones difíciles de la vida para bloquear todo aquello con lo que no quería lidiar y estaba decidida a ocultar.
Es vital para la verdad y para la historia de la psicoterapia que Martin haya revelado el engaño de Alice Miller, para así reconocer al ser humano roto tras su muro de silencio. Sin duda, la infancia moldea e impacta nuestra psiquis, al igual que la adolescencia. Si su infancia hubiera sido distinta, la guerra podría haber impactado a Alice de manera diferente. Por desgracia, el enfoque exclusivo de Alice en su infancia en lo que ella llamaba su “terapia”, marcada por su formación psicoanalítica, la convirtió en un callejón sin salida donde sus partes manifestaban su ira contra las personas equivocadas. Las emociones principales que compartió conmigo eran ansiedad e ira, incluso rabia. Lo que sus partes debían haber compartido era su verdadero dolor y tristeza, terror, odio, paranoia, su historia, su rebelión. Sus creencias desesperadas, desesperanzadas, arrogantes y grandilocuentes —y las razones históricas que las circundaban— no pudieron aflorar, no fueron escuchadas, comprendidas, cuestionadas ni liberadas con compasión.
Ahora veo cuántas cosas se callaron y cuántas experiencias traumáticas de la adultez Alice mantuvo ocultas, tanto internas como externas. Aunque entiendo lo doloroso y difícil que era abordarlas, me parece presuntuoso que anuncie al mundo que se recuperó, que superó su pasado y encontró la salida al sufrimiento. Aunque Alice tomó medidas asombrosas y valientes para escapar del Holocausto, el miedo constante a la muerte y la tensión de tener que ocultar su identidad debieron de generar en ella una profunda sensación de impotencia, que despertaron su imperiosa compulsión por el control y la negación.
Al negar su trauma, Alice Miller contribuyó a que se desestimaran las repercusiones traumáticas del genocidio y la guerra, así como a minimizar, incluso negar, sus efectos sobre los seres humanos.
Alice fue tomada como rehén por años en las circunstancias más peligrosas de la guerra. Sus captores eran las personas en su entorno. Siempre temía que alguien la reconociera y la entregara a la Gestapo; el miedo profundo a sus captores dominó su vida durante años y no la abandonó después de la guerra. La impotencia de asumir su identidad y ser auténtica había causado estragos en su psique. Se le impuso un estilo de vida que le impidió sentir la alegría, la libertad y el amor que había conocido con seres diferentes a sus padres. Negar de forma tan rotunda tu ser real y tus deseos debe dejar en ti una huella desastrosa que la privó de sentir confianza en los demás. ¿No será que muchas personas, si no la mayoría, de las que lograron sobrevivir a lo que Alice Miller sobrevivió, no se sentirían profundamente desconfiadas de todos y de la humanidad? ¿Serían incapaces de volver a confiar en los demás?
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Parte 3 — Consecuencias graves del trauma de la Segunda Guerra Mundial y de la traición
Había otra razón para que yo no hubiera visto lo obvio: crecí con unos padres cuyas vidas transcurrieron bajo el impacto de la Segunda Guerra Mundial y el régimen nazi; estaban rotos por dentro. Durante mucho tiempo, no me di cuenta de lo enormes y debilitantes que fueron en mi vida las graves consecuencias de la guerra.
El silencio, la culpa, la vergüenza, la pérdida, la soledad, la sensación de traición, el odio, la idealización de ancestros silenciosos y culpables, y el trauma de la guerra son algunas de las cargas del legado alemán de dos guerras mundiales, transmitidas de generación en generación, sin haber sido reconocidas, y mucho menos procesadas. Para mi generación, resultaron en confusión y en una pérdida de conexión con mi núcleo moral y el Ser. Me crié y viví entre seres que a menudo toleraban comportamientos o acciones incorrectas o incluso malvadas. Con el tiempo, llegué a comprender que esa atmósfera, entre otras cosas, había creado un vacío en mi interior donde debería haber albergado un código o conciencia moral. (“Enfrentando una pared de silencio“)
Tampoco sabía quiénes eran realmente mis padres; ellos mismos lo desconocían. En apariencia, todo funcionaba bien y parecían “normales”. Pero estaban profundamente perturbados; hoy los considero enfermos mentales; algo atroz les había deformado el cerebro.
En 1935 mi madre tenía diez años, la edad en que tuvo que ingresar a la “Liga de Chicas Alemanas”. Durante una etapa formativa de su vida, le lavaron el cerebro durante varios años para que creyera en Hitler, su ideología y su bondad. Erika Mann describe en su libro “Escuela para Bárbaros”, publicado en 1938, la aterradora educación bajo el régimen nazi: cómo programaban a las niñas para la maternidad y el servicio a Hitler, les prohibían estudiar en la universidad, les cercenaban la esperanza de una profesión y una educación, y cómo alimentaban y les inculcaban el odio.
El odio y el antisemitismo no solo fueron inculcados por la ideología nazi en la juventud, sino que también envenenaron las mentes de los adultos. ¿Adónde fue a parar todo ese odio y qué pasó con esas horribles creencias después de la guerra, cuando toda esa locura fue considerada sin lugar a discusión como maldad pura? Según mi observación, muchas personas de esa generación aprendieron a ocultar sus creencias, pero las llevaron latentes en su interior el resto de sus vidas. Algunos pudieron haberlas combatido en su interior, pero no creo que fueran tantos. Muchos nazis incluso permanecieron en el poder y ocuparon altos cargos en Alemania Occidental después de la guerra. Aquellos que se rebelaron no tuvieron a nadie a quien recurrir para hablar de su experiencia interior.
Muchos alemanes se habían enriquecido robando las propiedades de judíos que habían huido o habían sido deportados; este robo fue declarado legítimo bajo el régimen nazi. Muchos se habían beneficiado de la privación de derechos y el exterminio de sus conciudadanos judíos, lo que contribuyó al silencio en torno al Holocausto.
(“Postwar Children” by Sabine Bode— only in German: “Nachkriegs kinder“)
Las ganancias materiales y el brutal lavado de cerebro allanaron el camino para el abuso de poder de Hitler y los crímenes nazis. El infame programa de Hitler para la juventud tenía el malvado lema: «Mi programa de educación juvenil es duro. Hay que eliminar a los débiles. Quiero hombres y mujeres jóvenes que puedan soportar el dolor. Un joven alemán debe ser veloz como un galgo, resistente como el cuero y duro como el acero Krupp».
El lavado de cerebro causa alteraciones en los seres humanos. Si te imponen ciertas creencias, no desaparecen con el fin del régimen nazi. Me impactó comprender lo que significa lidiar con el lavado de cerebro en la edad adulta. En el documental “Wartorn” sobre el TEPT en veteranos, una madre cuyo hijo se había suicidado, mira una foto suya y dice, llorando: “Odio esta foto. Es la ira, el odio, la desilusión, y esos ojos… ese no es mi hijo. Te das cuenta que él no siente que vale nada, se odia. Mi hijo… empezó a morir lentamente, desde su interior, y finalmente su alma murió por completo. Así que se pegó un tiro en la cabeza con su pistola y así asesinó también lo que quedaba: su exterior. Eso es lo que te causa el estrés postraumático: te mata de adentro hacia afuera… Mi hijo no pudo escapar de los horrores de haber prestado servicio militar dos veces en Irak. No podía perdonarse algunas de las cosas que hizo. Se consideraba un asesino y una mala persona porque aún sentía el impulso de herir y matar. El ejército de Estados Unidos convirtió a mi hijo en un asesino; lo entrenaron para matar con la excusa de proteger a los demás. Se olvidaron de borrarle el entrenamiento para quitarle ese impulso de matar”.
Documental “Wartorn“ (https://topdocumentaryfilms.com/wartorn/)
Mi padre, nacido en 1913, no era nazi; se opuso a la exclusión de los miembros judíos de su cuerpo universitario. Pero, como alemán con convicciones nacionalistas, prestó servicio militar voluntario a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, además de tres años en Rusia. En una ocasión, le pregunté cómo fue haber ido a la guerra y haber servido a un monstruo. Respondió: «Fue desgarrador, nunca te lo puedes imaginar». Después de la guerra, se enfermó físicamente y tuvo pesadillas durante años. Desde el vientre de mi madre, me enfrenté a las consecuencias de la guerra al oír sus gritos nocturnos y estar expuesta a las reacciones de su cuerpo. Al finalizar la guerra, era una mujer repleta de ira que estallaba en rabietas terribles, actuaba con violencia y me llenaba de terror. Mi padre no nos pegaba y a veces nos transmitía compasión y alegría, así que, de niños, lo adorábamos. Su misoginia, alimentada también por las creencias nazis, salió a la luz en mi adolescencia y me causó un gran daño. Mi padre guardó silencio sobre la guerra. Se alejaba cada vez más de sí mismo y de su familia. A los sesenta y nueve años, terminó ingresado en un hospital psiquiátrico durante un año. Desde entonces, se sumió cada vez más en la demencia mental hasta su muerte a los 84 años.
Nací en 1950 y crecí en una época en la que el muro del silencio sobre la guerra era infranqueable, como una fortaleza. En mi infancia, no podía preguntar ni hablar sobre la guerra. En mi familia, la idealización sustituyó cualquier análisis genuino y veraz del pasado y la aceptación de las acciones adultas perjudiciales, criminales o malvadas, así como de las creencias y sentimientos que las provocaron. Oliver Schubbe escribe que el silencio y el miedo bloquean la capacidad mental y social de aceptar el pasado. Los traumas enterrados y silenciados son una carga pesada para las vidas humanas, así como para las generaciones posteriores. “¿Cómo pude ser tan ciega?” era la pregunta que me atormentaba. Pero ya estaba ciega. Nací después de la guerra. Ya no caían bombas; Hitler había muerto. Sin embargo, las repercusiones de la Segunda Guerra Mundial proyectaron largas y oscuras sombras sobre mi infancia y mi vida.
Fue solo en 1982, cuando comencé terapia, que me permití que surgieran preguntas sobre la guerra y comencé a formularlas, pero obtuve pocas respuestas. En mi familia no había conversaciones reales, abiertas y honestas sobre la guerra ni sobre ningún otro tema considerado delicado. Mi ensayo “Enfrentando una pared de silencio” aborda una parte de mi historia familiar accesible en libros y archivos. Las historias personales de mis padres durante la guerra murieron con ellos; permanecieron en silencio. Solo en la década de 1980 comenzó a derrumbarse el muro que rodeaba el pasado nazi y bélico de Alemania. El primer libro que analizó las graves consecuencias secundarias de mi generación fue escrito por Dan Bar-On; titulado “Legado del silencio”, publicado en 1989, cuarenta y cuatro años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Durante dos años, Dan Bar-On recorrió Alemania y se entrevistó con alemanes de segunda generación, hijos de perpetradores.
Para su libro “Niños de la posguerra”, Sabine Bode conversó con alemanes de mi generación, nacidos entre 1950 y 1960. Estos descendientes de la generación de la guerra se sentían culpables por los crímenes masivos del pasado, mientras que sus padres se consideraban constantemente víctimas. Muchos de mi generación sentían resentimiento hacia sus padres por no afrontar sus acciones, creencias y culpa por su participación durante la era nazi. Bode explica que los sentimientos de vergüenza y culpa se arraigaron en la generación equivocada y se incorporaron a la literatura psicoterapéutica bajo los términos de “culpa delegada” o “culpa heredada”. (“Niños de la posguerra” – sólo en alemán: “Nachkriegskinder”, página 23/24)
Y en el epílogo del libro de Martins, Oliver Schubbe escribe cómo mi generación se ve afectada por un trauma transgeneracional y sufre “bloqueos recurrentes frecuentes, ansiedades vagas, sentimiento de desarraigo, sentimientos de culpa recurrentes, estados de ánimo depresivos y la profunda incertidumbre de desconocer el origen de sus problemas”. (“The True Drama of the Gifted Child,” página 165)
Mis padres no reflexionaban ni hablaban sobre sus experiencias bajo el régimen de Hitler. Hacían lo mismo que la mayoría de los alemanes: negar, reprimir y olvidarlo todo. Pero sus luchas internas sin resolver se enquistaron en sus mentes, cuerpos y almas. La perspicacia y la claridad de Martin me conmovieron profundamente. Ahora comprendo de forma muy personal cuán múltiples fueron las consecuencias de la guerra y de vivir bajo el régimen de Hitler. El silencio les impedía comunicarse honestamente con su entorno y con su mundo interior. Aunque mucho había cambiado para mí durante mi vida en Chicago y mi blog “Enfrentando una pared de silencio”, no se me ocurrió que aún reprimía mi curiosidad, e incluso mi compasión, para al menos intentar incluir conversaciones sobre la guerra en mis conversaciones con Alice. Más bien, acepté su solicitud implícita de no hablar de la guerra más allá de lo que ella quisiera contarme.
¿Cómo alguien puede lidiar con lo que ha hecho y de lo que se avergüenza, lo que lamenta, considera incorrecto o incluso malvado hasta llegar a perder el respeto y la confianza en sí mismo? ¿Cómo puede alguien enfrentar su creencia de que es una mala persona y afrontar sus errores, fracasos e incluso los crímenes que ha cometido de adulto? No podemos evolucionar sin desarrollar una forma de comunicación afectuosa con nuestro mundo interior, nuestras partes y sus luchas, que nos permita observar los momentos y épocas oscuros y controversiales de nuestras vidas. Cambiamos cuando extendemos la compasión a nuestro mundo interior y enfrentamos nuestras experiencias de la infancia y la adultez. Si nos comunicamos con todas nuestras partes, especialmente con aquellas que viven en la confusión, la desesperanza, el sufrimiento y la auto condena, gradualmente aliviamos la carga de la disociación, sanamos nuestras partes y las liberamos de los lugares y horrores donde están atrapadas. La integración se hace posible de esta manera. Ese proceso genera honestidad y autocompasión y posibilita una transformación real.
Es liberador llegar a comprender nuestras vidas y alcanzar una sensación de claridad y paz que nunca conocimos, donde podemos comprendernos y encontrarle sentido a nuestras vidas. Incluso si las percepciones dolorosas nos producen una sensación de tragedia, remordimiento y duelo, aún si debemos enfrentar la vergüenza y la culpa, podemos llegar a reconocer la verdad y vivir en ella.
A los dieciocho años tuve un accidente automovilístico que le costó la vida a otra persona: iba conduciendo mi coche, cuando un peatón, un anciano, cruzó la calle repentinamente y lo atropellé. Este evento traumático ha sido una carga de culpa para mí y mi vida, y también una fuerte motivación para no abandonar la terapia. Nunca más quise depender de una medicación como en ese entonces. Mi ansiedad era tan abrumadora que no pude dormir durante días, me saturaba de tranquilizantes y somníferos. En mi lugar de origen, el tratamiento era la medicación, no la terapia ni la comunicación. Mi respuesta ha sido trabajar en terapia, especialmente al resurgir la ansiedad.
Los crímenes de Hitler y la Alemania nazi han originado culpa y vergüenza en muchos alemanes; algunos lo han reconocido, mientras que otros responden con negación y defensa, o encubriéndolos. Muchos buscan respuestas a preguntas candentes sobre el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, entre ellas la inquietante pregunta: ¿Qué hizo que Hitler se convirtiera en un ser tan malvado? En “Por tu propio bien”, Alice Miller escribió un capítulo sobre la infancia de Hitler; ella vio el origen de su maldad destructiva en el brutal abuso físico diario de su padre. Según la teoría psicoanalítica tradicional que forjó el pensamiento de Alice Miller, las principales estructuras de la personalidad se desarrollan hasta el final de la adolescencia y solo ocurren cambios menores en la edad adulta. (“Wounded Monster: Hitler’s Path from Trauma to Malevolence,” page 147; )
En su libro Wounded Monster: Hitler’s Path from Trauma to Malevolence, el psiquiatra Theo Dorpat también atribuye importancia al trauma infantil de Hitler y lo considera la fuente de su odio y demencia. Sin embargo, Dorpat señala la importante y divergente observación de que Hitler no “amaba la guerra ni la violencia antes de la Primera Guerra Mundial”. (“Wounded Monster”, pág. 116). Tras participar como soldado durante casi cuatro años en cincuenta batallas, su personalidad cambió de forma crucial.
Dorpat escribe: «La intensa atracción de Hitler por la guerra y la violencia comenzó cerca del final de la guerra y en torno a su crisis psiquiátrica en octubre de 1918. El amor por la guerra y la violencia fue un aspecto importante de las transformaciones vitales de su personalidad ocurridas durante o poco después de su trauma generado por el combate constante». Hitler expresó en más de una ocasión su convicción de que el servicio militar lo había transformado, y Dorpat está convencido de que lo hizo de manera trágica. Veteranos de guerra como Hitler —hombres que no pudieron ajustarse a la sociedad civil y que se sentían más a gusto con el uniforme—, fue la razón por la que los «Freicorps» (ejércitos privados de veteranos alemanes), los nazis y numerosos partidos extremistas reclutaron a sus hombres en la Alemania de la posguerra. El historiador Allan Bullock concluyó que «la guerra y su impacto en la vida de millones de alemanes fue una de las condiciones esenciales para el ascenso de Hitler y del Partido Nazi». (“Wounded Monster”, página 117)
Dorothy Otnow Lewis, profesora de psiquiatría, sintió desde niña la necesidad de conocer el origen de la crueldad de Hitler. En conjunto con Jonathan Pincus, profesor de neurología, investigaba asesinos condenados a muerte. Ambos escribieron libros sobre sus resultados: “Guilty by Reason of Insanity” y “Base Instincts: What Makes Killers Kill”. Descubrieron tres elementos que se presentan de forma constante en los delincuentes más violentos: lesión cerebral; ideas psicóticas, en particular paranoia; y antecedentes de abuso. Theo Dorpat escribe: “En octubre de 1918, un proyectil de artillería británica explotó cerca de Hitler, enterrándolo parcialmente. Eso le generó síntomas de ceguera histérica y mutismo, sufrió una crisis psiquiátrica y fue hospitalizado en el hospital militar de Pasewalk, donde recibió atención psiquiátrica durante aproximadamente un mes. Una revisión de los síntomas mencionados en su correspondencia a principios de la Primera Guerra Mundial; los síntomas que presentó en el Hospital de Pasewalk; y los presentados después de la Primera Guerra Mundial, son la base de mi diagnóstico de TEPT”. (An Evaluation of the ‘Analysis of the Personality of Adolf Hitler’ escrito por el doctor Henry A. Murray en 1943)
Dorpat atribuye el colapso de Hitler y su TEPT crónico a la duración de la exposición al combate y explica que el trauma prolongado y repetido, o trauma crónico, solo ocurre en situaciones de cautiverio y la consiguiente sensación de indefensa de la víctima. «Estas condiciones se presentan en los soldados en combate, en los campos de prisioneros de guerra, en los campos de concentración y en los campos de trabajos forzados. Para los soldados de infantería, el combate es una condición de cautiverio y esclavitud. El soldado de infantería es un cautivo; no puede huir a la retaguardia porque si lo hace será fusilado o castigado en la horca. Si huye hacia el enemigo, puede ser fusilado o capturado». («Wounded Monster», página 101). Cuando me instalé por segunda vez en Alemania en 1984 y comenzaba mi transformación interna, escuché una vez una conversación sobre la guerra entre los parientes de mi primer marido. Por un momento me pareció una charla entretenida, hasta que me enojé y les dije que mi padre me había contado lo espantosa que era la guerra y lo horrible que se sentía tener la responsabilidad sobre la vida o la muerte de otros seres humanos. El ambiente cambió, y un tío que había sido soldado en la Segunda Guerra Mundial, nos contó cómo su unidad participó en un ataque a soldados rusos superados en número, estos últimos comenzaron a huir, entonces su comandante les apuntó con su arma por detrás y los obligó a continuar el ataque. Muchos murieron.
El historiador estadounidense Eric Dean escribe en “Shook Over Hell”: “Una de las lecciones más perdurables de la Segunda Guerra Mundial en psiquiatría era que ‘todo hombre tiene su punto de quiebre…’. El personal psiquiátrico determinó que las tropas estadounidenses perderían su efectividad después de cien días de exposición intermitente a la batalla, y que el colapso podía esperarse después de unos doscientos días de batalla total”.
En el documental “Wartorn”, veteranos de la Segunda Guerra Mundial relatan de forma conmovedora, por primera vez en sus vidas, el trauma que les causó la guerra. Uno de ellos afirma también que todos tenemos un punto de quiebre. Y otro soldado que había combatido en Irak afirma: “No solo el soldado en combate sufre TEPT, sino toda la familia”. La esposa de un soldado combatiente en Irak comenta: “La persona que él había sido, se quedó allá”. Una persona que obtuvo la Medalla de Honor afirmaba que el 100 % de los soldados sufren de TEPT. Los directores del documental afirman: “…vivir la guerra —y experimentar la inhumanidad del hombre hacia el hombre— causa daño psicológico”. “Cualquiera que participe en una guerra queda marcado para siempre”.
Gracias a la exposición que hace Martin del trauma de la guerra, entendí que los adultos también sufren daños graves por eventos traumáticos, algo que no había comprendido mientras me aferraba a las creencias de Alice. El TEPT devasta a los soldados, años después de acabarse la guerra. Todos los días se suicidan una gran cantidad de veteranos de guerra; la tasa de suicidio entre los veteranos de la Segunda Guerra Mundial es especialmente elevada y preocupante. Han muerto más soldados quitándose la vida que en los campos de batalla de Irak, Afganistán o Vietnam. El Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) informa de 22 suicidios diarios de soldados. Un artículo titulado “¿Es contagioso el TEPT?” informa que las familias de los soldados también sufren síntomas de TEPT al convivir con personas que han regresado de la guerra con TEPT. El miedo y el terror son contagiosos. El daño que la guerra inflige al cerebro es generalizado. Ahora comprendo la ansiedad que me ha agobiado toda la vida de una manera más profunda y diferente, a medida que mis ojos, mis oídos y mi corazón se han abierto a los estragos de la guerra.
Dorpat considera que algunos de los cambios de personalidad de Hitler son una amplificación de rasgos de carácter preexistentes, como sus tendencias paranoicas y ataques de ira, que consideraríamos partes de la IFS. Otros cambios, escribe Dorpat, fueron cualitativamente diferentes de cómo era Hitler antes de su crisis psiquiátrica en 1918, como su malevolencia, su creciente agresividad y su atracción por la violencia. (“Wounded Monster”, páginas 117 y 124). Estos podrían haber sido rasgos latentes que la brutalidad de la guerra permitió aflorar. Obviamente, la guerra provocó un cambio peligroso y fatal en el sistema interno de Hitler.
Theo Dorpat falleció en 2006; había publicado su último libro, “Wounded Monster”, en 2002. Es una lectura fascinante y angustiosa que deja claro que el trauma crónico generado por la guerra en Hitler lo convirtió en el monstruo que compartió con el pueblo alemán sus sentimientos de vergüenza, traición e ira tras la derrota de la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles. Dorpat comenta que el mayor trauma de Alemania fue la humillación y la vergüenza de su derrota en 1918; los alemanes llamaron al Tratado de Versalles el “tratado de la vergüenza”. Dorpat considera el asombroso poder de sugestión de Hitler sobre las masas alemanas como la coincidencia de sus experiencias traumáticas personales con el trauma colectivo del pueblo por su derrota en la Primera Guerra Mundial. (“Wounded Monster”, pág. 117). El sitio web about.com comenta sobre Hitler: “Tras la crisis psiquiátrica de octubre de 1918, mientras se recuperaba en un hospital, Hitler recibió la noticia del fin de la guerra y de la derrota de Alemania. Su ira y sus sentimientos de traición moldearon su futuro y el del mundo. Después de la guerra, muchos en Alemania se sintieron traicionados por el gobierno alemán por su repentina e inesperada rendición”. (https://history1900s.about.com/cs/hitleradolf/p/hitler.htm)
Esto me lleva a una carga heredada que deseo abordar específicamente: el “trauma de la traición”, que he llegado a considerar una de las aflicciones más devastadoras de la guerra, pero rara vez reconocida. Mi primer encuentro consciente con la traición que aún recuerdo ocurrió cuando tenía veintitantos años y aún vivía en Alemania, mucho antes de pensar o cuestionarme sobre la guerra. En 1976, me había incorporado a una línea telefónica de ayuda donde podían llamar personas en problemas. Un día, hablé con un hombre que me hizo muchas preguntas, pero no pude cambiar el rumbo de la conversación para que hablara de sí mismo. Cuando lo mencioné en la sesión semanal de supervisión grupal, el pastor que la dirigía, me preguntó: “¿No puedes negarte?”. Empecé a llorar y mi padre se acercó. En una conversación de terapia Gestalt, a veces me sentaba en la silla de mi padre y hablaba por él; lo que surgió fue la guerra: lo terriblemente traicionado que se sentía, privado de su vida y de la oportunidad de tener una carrera profesional; Cómo había dedicado los mejores años de su vida a Hitler y a la guerra. Lloré mucho, me quedé trastornada durante horas y no pude dormir. Se había despertado en mí un pasado del que no tenía consciencia. Mi padre nunca me había dicho que se sintiera traicionado; entonces, ¿cómo lo supe? Aunque el tema de la traición no había sido tema de conversación, había abierto un camino en mí. Mi lealtad y compasión por mis padres, en particular por mi padre, eran inagotables en ese momento; la idea de cómo me habían afectado las graves consecuencias sin resolver de mis padres estaba a años luz de mi conciencia.
Cuando terminó mi terapia con Allen Siegel, también me sentí terriblemente traicionada, pero pudimos tratar ese sentimiento. Fue mi primera lección sobre cómo se siente emocionalmente la caída libre al abismo de la traición. Tras experimentar la traición en mi primer matrimonio y en mi familia de origen, lo cual me costó mucho afrontar y gestionar, mi siguiente encuentro con la traición ocurrió en 2003; llevaba seis años trabajando con las terapias DMT e IFS. Tras una fuerte caída, me lesioné el pie izquierdo y me costaba caminar. Alice Miller interpretó este “síntoma físico” como un mensaje de mi cuerpo que me obligaba a despedir a mis terapeutas porque supuestamente me confundían. Durante varios meses, no seguí su “consejo”. Pero cuando un segundo divorcio se vislumbraba en el horizonte, y cuando también perdí una cantidad alarmante de dinero en la bolsa, pasé una noche horrible en la que me sentí traicionada en lo más profundo de mi ser: defraudada por la pérdida de mis sueños, deseos y esperanzas para mi vida y mi felicidad. El poder, el horror y el dolor de sentirme traicionada me abrumaron por completo. Mientras permanecía despierta durante una de las peores noches de mi vida, comprendí que sentirte traicionado es el sentimiento más devastador y desgarrador.
Dirigí entonces mi indignación y sentimiento de traición hacia mis dos terapeutas. La influencia de Alice, quien creía que nuestras emociones constituyen nuestro verdadero ser, contribuyó a mi confusión y ceguera, de modo que no consideré esa emoción como una de mis partes ni me comunique con esa parte de mí. Les leí por teléfono las cartas dirigidas a ellos durante la noche, ya que estaba en México, abandoné ambas terapias y corté contacto con ambos. La fuerza de mi indignación era enorme. Ni ellos ni yo sabíamos qué era lo que me había afectado o a nuestro trabajo terapéutico.
Sin duda, experimenté traiciones en mi vida, en particular el incesto de mi padre, el abandono de mi familia, el fraude en los mercados financieros y más. Y, sin duda, yo hubiera deseado una vida diferente. Pero hoy, veo que la intensidad emocional también estaba propulsada por la profunda negación de tres generaciones que no habían afrontado su sentimiento de traición y habían silenciado sus emociones, incluyendo el duelo, la tristeza y el dolor. Mi abuelo paterno había sido soldado en la Primera Guerra Mundial; él y su familia fueron expulsados de Alsacia-Lorena cuando Alemania perdió esa guerra. Mi padre tenía cinco años. Mi madre y su familia perdieron sus propiedades y su hogar en Alemania Oriental durante la reforma agraria impuesta por la ocupación soviética y huyeron a Alemania Occidental. Mi madre tenía veinte años.
Aunque me sentí devastada por la irrupción de sentimientos de traición no reconocidos de generaciones cuyas vidas estuvieron marcadas por la guerra, no podía concebir mi sensación de haber sido traicionada, ni su insoportable dolor, como una de mis partes. Sin embargo, era un sentimiento que debía asimilar y examinar con compasión, en vez de ignorarlo. A medida que me he comunicado sobre la guerra de nuevas maneras con mis partes durante los últimos dos años, he llegado a comprender esa explosión de sentimientos de traición acumulados y reprimidos como una carga heredada.
Jennifer Freyd escribe en “Blind to Betrayal” sobre la Alemania nazi: “La ceguera ante la traición es peligrosa no solo para las personas, sino para sociedades enteras. Al no ser conscientes de nuestras traiciones pasadas, no solo corremos un gran riesgo de repetirlas, sino que la ceguera ante la traición puede resultar en traiciones más graves. El mejor ejemplo reciente de esto son los sucesos en la Alemania nazi. Hubo traiciones en muchos niveles que llevaron al auge del nazismo y al Holocausto. Los alemanes se sintieron traicionados después de la Primera Guerra Mundial e intentaron lidiar con esa traición, no enfrentando y revelando la traición que sentían, sino recurriendo a lo que parecía seguro en la superficie: un gobierno y un régimen que estableciera el poder fomentando la sospecha y la desconfianza entre sus ciudadanos. Vecinos traicionaban a sus vecinos. Hijos traicionaban a sus padres. Arios traicionaban a judíos. El dolor de todas esas traiciones y la incapacidad de enfrentarlas condujeron a una sociedad basada en el miedo y la paranoia. Esa fue la atmósfera que creó el caldo de cultivo para el Holocausto: el secretismo y la ceguera”. “Blind to Betrayal,” páginas 112/113 https://www.amazon.com/Blind-Betrayal-Ourselves-Arent-Fooled/dp/0470604409)
En mi lugar de origen, la terapia no era, ni es aceptada; las emociones eran aniquiladas y reprimidas, nunca se escuchaban, exploraban, comprendía ni consolaban. Algunos momentos de compasión de mi padre se convirtieron en oasis de consuelo tan vitales en el desierto emocional de mi infancia que me aferré a ellos, y no pude ver a mi padre en realidad, ni lo que me había hecho, hasta que cumplí cincuenta años. Cuando logré conectar el abismo de sentirme traicionada con las implicaciones de la historia traumática de generaciones anteriores, llegué a comprenderme y a ver mi vida desde una nueva perspectiva.
He sentido enorme validación al comprender cómo los horrores y la locura de aquella época quebraban a las personas: Alice Miller había quedado destrozada por la constante amenaza del genocidio, su lucha por la supervivencia y su negación de sí misma. Mis padres quedaron destrozados por vivir bajo el régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial, lo que los transformó de forma radical. Los tres también se vieron afectados por años de exposición y lavado de cerebro de la ideología nazi. Muchas personas expuestas a la maldad nazi perdieron su integridad, veracidad y humanidad. Ha sido doloroso e impactante darme cuenta de su absoluta fragilidad y demencia. Sin embargo, me ha tranquilizado encontrar la poderosa justificación para alejarme de ellos y no sólo buscar respuestas a mis preguntas desesperadas, sino también encontrar y aceptar mis propios valores, diferentes a los de mis padres y mi familia.
Concebí la traición de una manera más profunda y clara cuando leí el primer libro de Jennifer Freyd ““, publicado en 1998.
Descubrir que el olvido del abuso sexual y el incesto está relacionado con la traición en una relación me ayudó a comprender por qué mi cerebro había borrado de mi conciencia el recuerdo del incesto cuando tenía dieciséis años. El libro de Jennifer fue una gran revelación y un gran apoyo para comprender la causa por la que los seres humanos podemos desterrar de la conciencia el recuerdo del trauma. En 2013, se publicó el segundo libro de Jennifer Freyd, “Blind to Betrayal”, en coautoría con Pamela Birrell. Ahí se demuestra cómo la traición ocurre en las relaciones, las familias, los lugares de empleo, las instituciones y las sociedades, pero con demasiada frecuencia se ignoran porque enfrentarlas duele mucho: rompen la confianza y terminan relaciones. No hay duda de que la traición es “tóxica y causa disociación y trastorno de identidad disociativa, pérdida de memoria, numerosos síntomas de salud mental, inestabilidad de la personalidad y las relaciones, y revictimización”. (“Blind to Betrayal” página 113)
Freyd y Birrell nos transmiten la vital importancia de la comunicación para afrontar la traición. Con frecuencia, es una batalla larga y dolorosa llegar a tomar conciencia de una traición cuando hemos confiado y, al principio, pensamos que no vamos a poder soportar la verdad. ¿Cómo podemos expresar con palabras la derrota que se siente ante la traición? Lidiar con una traición es un proceso desafiante y terriblemente doloroso. Los autores le conceden una importancia vital al proceso entre la comunicación interna y externa y cómo se afectan mutuamente: una vez que aceptamos lo sucedido y encontramos las palabras adecuadas, podemos compartir nuestra experiencia con los demás. Cuando le revelamos una traición a alguien, también nos la revelamos a nosotros mismos. Relatan: «Este hecho está realmente en el núcleo de uno de los aspectos fundamentales de la disociación, cuando alguien llega a ignorar una experiencia de vida. Una razón por la que ocurre, no revelarse a uno mismo lo ocurrido (o el no saberlo) es precisamente porque la revelación interna y externa están tan estrechamente ligadas. En la medida en que no es seguro revelarle a alguien lo sucedido, tampoco es seguro saber, o revelarlo internamente, a uno mismo». (“Blind to Betrayal”, página 116)
Comprender la conexión entre la comunicación interna y externa resuena profundamente en mí, pues “superar los silencios fuera y dentro de mí” se ha convertido en algo vital para mí y para mi vida. Al lograr escuchar mis partes, incluso las que más temo y rechazo, mi terapia IFS me ayudó a superar la ruptura con Alice Miller y a integrar lo aprendido en mi comunicación con Martin Miller. Martin me dijo que aquellos afectados por la guerra, vivimos con un paisaje emocional interior lleno de ruinas del que no somos conscientes. Para él, la terapia implica limpiar ese paisaje, obteniendo una visión clara de la destrucción, algo que él mismo hizo y que también me ayudó a conseguir. Mucho de lo que no tenía sentido cuando se produjo la ruptura con su madre, cobra sentido ahora que entiendo cómo el genocidio y la guerra devastan y destruyen a los seres humanos, sus vidas y sus relaciones. Las experiencias fuertes y traumáticas de la adultez pueden cambiar profundamente la psique humana e impactar peligrosamente el cerebro, sacando a la luz partes latentes o fortaleciendo partes protectoras para que dominen el sistema interno y participen en interacciones perjudiciales y destructivas hacia los demás.
Con cada crisis de mi vida, he aprendido lo esencial que es comunicarme con carácter de urgencia con todas mis partes afectadas y con todas mis experiencias vitales de forma abierta, honesta, sincera y compasiva. Las reflexiones de “Blind to Betrayal” han sido un gran apoyo en mi jornada. La terapia IFS me ha proporcionado las herramientas para cultivar la comunicación interna, permitiendo que prospere el diálogo entre el Ser y mis partes, de modo que pueda darse la integración del dolor de las experiencias de vida. En mi camino, cada vez más circunstancias y oportunidades me han permitido entablar una comunicación externa honesta y significativa, así como relaciones de colaboración mutua. Las personas condenadas por el genocidio y el trauma de la guerra pierden su conexión con la vida, su verdadero Ser y sus relaciones importantes. Es una advertencia urgente sobre la destructividad trascendental de la guerra. Debemos superar el silencio sobre lo que la guerra inflige a los humanos: traiciona su humanidad y su cordura.
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4 — Parte 4 — Sesión de terapia IFS Septiembre 2014 — Conectando con una exiliada sin esperanzas
Este es un extracto de una sesión de terapia que tuve a finales de septiembre de 2014, cuando comencé a escribir el texto para este taller. Diversas partes de mi Ser estaban teniendo dificultades con lo que hacía; no hubiera podido haber preparado mi texto sin la ayuda de esas partes. A medida que he tomado mayor conciencia de las graves consecuencias del legado de la guerra, algunas de mis partes han compartido su sufrimiento en relación con el pasado bélico de diversas formas, como intentando que salgan a flote una comprensión y una compasión más profundas hacia las circunstancias de mi infancia.
Esta es una versión comprimida de esa sesión de terapia centrada en una parte sin esperanzas.
Sesión: Una parte importante de mí me ha mantenido despierta por las noches. Es la sensación de estar abrumada; esta parte dice: “No puedo lograrlo” o “No podemos lograrlo”. Esta parte ha estado presente en mi vida muchas veces, en muchos momentos. Está ahí ahora. Es una parte muy fuerte. Apenas he podido dormir. Tengo una sensación de terror en mi cuerpo.
Intentaré conectarme con la parte. Me viene a la mente un video que vi ayer, sobre un conductor de tren que atropelló a cinco personas. No fue él quien las mató, se lanzaron al tren o cruzaron las vías demasiado tarde. Pero murieron y él conducía el tren. Quedó traumatizado. Tras la quinta muerte, tuvo que ir a terapia. La superación de la muerte es lo que tiene que ver con esta parte.
Después de ver el video, sentí cómo afecta la muerte a los demás. Sobre todo, causar la muerte de otro. Como en mi accidente automovilístico: el hombre cruzó la calle; nunca miró, aceleró y cuando intenté esquivarlo, literalmente chocó contra mi auto. Cuando me conecto a esa parte, siento un temblor en todo el cuerpo. Ahora mismo siento como si regresara a ese momento, justo antes del accidente de coche, cuando se presentó la ansiedad. La siento en los brazos y en la espalda, como una presión, y la inquietud, el nerviosismo y la ansiedad invaden todo mi cuerpo. Esta parte me dice llena de lágrimas que la vida es demasiado difícil y que esa parte no quiere vivir. Me dice: «Es demasiado, demasiado difícil».
Le pregunto a mi parte: Sé que sueles estar ahí cuando entro a nuevos territorios; entonces, ¿por qué estás aquí ahora? ¿Qué te produce temor? Mi parte me dice: No puedes escribir algo así ni hacer un taller; la vida es demasiado arriesgada, suceden muchas cosas terribles.
Percibo en mi parte un profundo desánimo de estar viva. Para esa parte, fue casi un crimen traspasar sus límites. Estoy cruzando límites ENORMES (llorando) al escribir esto. No hablaste sobre la guerra. No pensaste en si alguien había sido afectado por la guerra. La ceguera ante Alice Miller ha sido un estado mental muy profundo recurrente.
Mi parte me dice: “Vas a un lugar donde no puedo ir contigo, donde no puedo seguirte. Me da demasiado miedo”. Mi parte tiene miedo de hacer algo así tan sola, eso no se habría sentido seguro en mi infancia. Mi parte dice: “Rompes demasiados límites; me cuesta mucho seguirte. Nunca hablamos de la guerra. Nunca hablamos de lo que la gente sintió o pudo haber vivido”.
Es como si esta parte estuviera obstruyendo lo que estaba tratando de hacer, siempre inmiscuyéndose, como una vocecita intrusa.
Esta parte me dice: No puedes hacer eso.
Ahora entiendo de verdad mi ansiedad, porque si quieres hacer algo y alguien te lo impide, no te sientes bien. No puedes ser tú mismo.
Le pregunto a la parte: dime todo lo que te produce temor. Te escucho. Lo primero que dice es: Quiero ser una buena persona, y una buena persona no habla de su familia. Y le pregunto: ¿De dónde viene eso? ¿Por qué lo crees? Y la parte me cuenta algo que mi hermano me dijo en una ocasión. (Empiezo a llorar) Que vio a mi madre llorar y le preguntó: ¿qué pasa? Y ella dijo: “Es terrible, no puedo decírtelo”. Mi hermano dijo que se devanó los sesos, durante días y semanas, ¿qué podría ser tan terrible que no se lo puedes contar a tu hijo? (Sigo llorando) Y la parte dice que nadie dijo nada. Incluso cuando me enteré que mi padre sufría de demencia y estaba en un hospital psiquiátrico, mi madre me exigió que no se lo dijera a mi hermano. Sin embargo, se lo dije; sentí que tenía que saber la verdad. En ese momento, también sentí ansiedad; fue entonces cuando entré en terapia por primera vez.
Era como LA LEY nacional: ¡No se habla de nada! Cuanto peor están las cosas, menos se habla de ellas. Esa parte está ahora desesperada, siente agonía y desesperanza: ¿Cómo voy a vivir si no puedo hablar de nada? ¿Si nadie te dice nada?
Era muy difícil y desesperanzador vivir en ese lugar porque no entendía nada. Estaban pasando muchas cosas pero nadie hablaba de nada. Mi madre tenía una pequeña vitrina de cristal (sigo llorando) colgada en la pared. La llamaba su pequeña vitrina de tesoros. Había una foto de su hermano que murió en la guerra (llanto profundo). Había un dibujo de la casa donde se había criado y que tuvo que dejar atrás después de la guerra, y piedras de donde había vivido y por donde había caminado. Estaba llena de pequeños recuerdos. Pero ella estaba siempre enojada (sigo llorando).
Recuerdo el álbum de fotos de mi padre con sus compañeros de guerra. Recuerdo haber visto el álbum y las fotos. Pero preguntar: ¿Tú qué hacías? ¿Dónde estabas? ¿Mataste a alguien? ¿Perdiste a alguien en la guerra? ¿Quién era? ¿Cómo era? ¿Lo extrañas? Ni en un millón de años. Nadie hablaba de lo que sentía, de sus luchas, de su conciencia como soldado, ni de mi madre en las Juventudes Hitlerianas. Ella tendría que haber despertado y preguntarse ¿cómo fue todo eso? Ni una sola palabra. Nada.
Era absolutamente imposible comunicarse sobre nada. No se suponía que uno comprendiera, que hubiera conexión. Esa parte sin esperanza es como una niña que vive con esas personas pero no sabe qué hacer con ellas. No sabe cómo conectar con ellas. Les teme; no las entiende, ni entiende el significado de la vida.
Es como si tuvieras tres años y te internaran en un manicomio donde todos gritan, chillan, lloran, y cuando pasas por allí te preguntas: “¿Así es la vida? ¿Cómo voy a vivir? No quiero vivir. Es demasiado difícil. No sé qué hacer con esta gente”.
Mi parte se siente debilitada. No me amputaron los brazos, pero me cercenaron la percepción, la capacidad de conectar de forma significativa con el mundo que me rodea. Y cuando escribo este artículo ahora, intento comprender ciertas cosas. Pero esa parte dice: no era eso lo que quería para mi vida.
Esa parte vivió esa locura y perdió toda esperanza. Escucho mi parte y me horroriza no haber recibido NUNCA, de verdad NUNCA, una respuesta a nada; es absolutamente aterrador.
Siento muchísima pena por esta parte, no es una buena manera de iniciar la vida. De verdad que no lo es. Y siento muchísimo lo desesperanzada que se sintió esa parte. Y también me ayuda a comprender mejor la ansiedad que sentí cuando me comprometí a los dieciocho años. ¿Con quién podría haber hablado? ¿A quién podría haberle dicho: «Tengo ansiedad y no sé qué hacer»?
Le pregunto a esa parte cómo se siente hablar de eso. Me dice: «Es un alivio que empieces a entenderme».
Le digo que se lo agradezco mucho, porque para mí significa un gran aliciente para hablar más con mis hijos. (Llorando) No voy a dejar un legado de silencio. No lo haré. Es insoportable.
Quiero decirle a esa parte que percibo la imagen de estar en un manicomio, de estar en un lugar donde la gente está muy perturbada y traumatizada, donde estabas muy sola, y nadie te explicaba nada, y no podías hablar de nada. Tus emociones y preguntas no eran escuchadas. No había orientación. Es una locura lo que aprendí de mis padres sobre el bien y el mal. Lo bueno era nunca decir lo que piensas; nunca sentir; nunca tener una opinión; nunca contradecir. Y lo malo era: cuestionar; contradecir; no actuar como un robot. Nada tenía sentido. No había claridad moral, ni honestidad, ni orientación en mi hogar. Simplemente había una confusión absoluta.
Esta es una parte muy joven. Mi parte siente alivio y gratitud por haberla escuchado. Siento que esta parte está muy triste, está de luto. También hay un anhelo de conectar. Pero no puede. La imagen que surge de mi parte es como la de un pájaro que quisiera volar. Tus alas son tu deseo de conexión. Y luego, cada vez que vuelas, alguien te corta un trozo de las alas. Y al final, dejas de volar porque ni siquiera sabes… ¿para qué sirve la conexión? Todo es doloroso, difícil y no tiene sentido, y te sientes sin esperanzas todo el tiempo, ¿para qué seguir intentándolo?
Le pregunto a mi parte qué puedo hacer por ella, si siente una carga. La desesperanza es su carga. Y esa es una sensación en mi cuerpo, como cuando apenas puedes moverte, cuando tu cuerpo se siente muy pesado, desesperanzado y agotado. No hay vida, ni iniciativa, ni alegría, ni ganas de conectar. Así que le pregunto a la parte qué podemos hacer con esa carga. Debo sacarla de la casa primero porque tiene que ver con el lugar donde se crió. Y la saco en brazos porque no puede caminar.
Ahora soy consciente de la parte desesperanzada como una criatura sin vida, desplomada, muy triste, que no sabe cómo conectar con la vida; siente que no puede más. Solo quiere rendirse. Creo que esa parte debe estar en el agua conmigo, debo abrazarla y el agua puede aliviarla de esta carga. Es como si esta parte sangrara en el agua; está herida. Ahora la herida se hace visible y puede sangrar y sanar. Esa parte agradece que esté ahí y la abrace. Necesita mucho descanso y cuidado, compasión y validación.
Lo que realmente quería era conectar con la vida y con la gente. Esta parte representa la conexión. Creo que el objetivo de esta parte es lograr sentirla; dejar que ese anhelo surja en ella; no tener que anularlo todo el tiempo porque no había conexión en su hogar.
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Este es el final de mi sesión de terapia. Y quiero concluir mis reflexiones sobre “Alice Miller: Traumas causados por la guerra y la traición” relatando que ha sido muy triste prepararme para este taller. Ha habido momentos en que he llorado y he sentido una profunda compasión: por mí misma y por mi vida, por mis hijos, por Martin, por Alice Miller y por mis padres, y por todos los seres humanos y las vidas que han sido terriblemente afectadas por la devastación de la guerra, y que lo siguen siendo.
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Lista de referencias
Ensayo “Enfrentando una pared de silencio”https://atherapeuticjourney.net/enfrentando-una-pared-de-silencio/ Publicado en: “Second Generation Voices: Reflections by Children of Holocaust Survivors and Perpetrators” por Alan y Naomi Berger.
Martin Miller: The True “Drama of the Gifted Child”: The Phantom Alice Miller — The Real Person.
Alice Miller: “Por tu propio bien: Raíces de la violencia en la educación del niño“.
[Comentario sobre el libro de Martin Miller en la página web de reseñas amazon de Anette Lippeck,http://www.amazon.de/gp/cdp/member-reviews/A9OSYCTJVG9M9] [El comentario de Jeffrey Masson sobre Alice Miller se puede encontrar en el artículo: “Drama privado: Alice Miller era una autoridad en traumas infantiles, pero mantuvo silencio sobre los suyos”. http://tabletmag.com/arte-y-cultura-judia/libros/32682/alto-drama#comentarios]
Dan Bar-On:”The Others Within Us“ y: “Legacy of Silence: Encounters with Children of the Third Reich”
Alice Miller: “Caminos de vida: Siete escenarios”
Alice Miller: “El cuerpo nunca miente” (The Body Never Lies)
Erika Mann: “School for Barbarians — Education Under the Nazis;” published in 1938
Sabine Bode: “Post-War Children” — solo disponible en alemán
Documental: “Wartorn”
Theo Dorpat: “Wounded Monster: Hitler’s Path from Trauma to Malevolence”
An Evaluation of the ‘Analysis of the Personality of Adolf Hitler’ written by Dr. Henry A. Murray in 1943
About.com: “Biography of Adolf Hitler, Leader of the Third Reich”
Jennifer Freyd: “Betrayal Trauma: The Logic of Forgetting Childhood Abuse”
Jennifer Freyd and Pamela Birrell: “Blind to Betrayal: Why We Fool Ourselves We Aren’t Being Fooled”
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